JOAN TAPIA

 

La próxima formación de los gobiernos municipales y autonómicos (en las comunidades en las que ha habido elecciones) empezará a cerrar el ciclo electoral que ha dominado la vida política los últimos meses. Pero el proceso no acabará hasta que, previsiblemente hacia mediados de julio, Pedro Sánchez sea investido presidente.

La repetición de elecciones, como en el 2016, parece harto improbable, aunque no se puede descartar del todo ya que Sánchez solo tiene seguros los votos de sus 123 diputados. Lo que sí está claro es que los pactos municipales (empezando por Barcelona y Madrid), autonómicos y estatales serán difíciles y laboriosos. Por el aumento del pluralismo político y porque la división en frentes no favorece la gobernabilidad.

La situación en Navarra

Una de las novedades de la semana, la posibilidad de que Navarra Suma (la coalición de UPN con el PP y Cs) apoye la investidura de Sánchez, con una abstención, a cambio de que los socialistas navarros (el PSN) no hagan coalición con los nacionalistas (para lo que sería precisa la abstención de Bildu) es ilustrativa. Sánchez no quiere renunciar a la abstención de los dos diputados forales porque todo puede ir muy justo y porque un Gobierno del PSOE con el nacionalismo en Navarra sería visto por toda la derecha como un acto de total hostilidad, algo que no conviene a un presidente que quiera gobernar.

Sánchez admite así la complejidad poselectoral, reñida con el reduccionismo de las campañas. Y la vicepresidenta Carmen Calvo lo ha remachado al declarar que entre gobernar España o gobernar Navarra, el PSOE no duda. Lógico. De paso anotemos que, al no renunciar a sus actas, ya hay tres diputados del JxCat que, pese al maximalismo de Puigdemont, van a darle a Sánchez algo que en la práctica son tres abstenciones más. Como Navarra Suma. Curioso.

La abstención de Cs en la investidura comprometería poco y podría ser un paso adelante en la normalización política

Pero los próximos días las grandes incógnitas estarán en la derecha. El pacto entre el PP y Cs no va a ser fácil porque son dos partidos que luchan por el mismo electorado y uno de ellos, el PP, ha perdido mucha fuerza y el otro, Cs, aunque no lo ha superado y en las europeas ha tenido un sonado fracaso, le quiere disputar el liderazgo de la derecha. Pero eso que puede generar grandes tensiones, caso de Castilla-León, no es lo fundamental porque ahí PP y Cs se bastan solos. Lo grave se plantea allí donde es obligado el apoyo de Vox. El pacto en Andalucía -que favoreció al PSOE en las generales y que ya plantea conflictos como la  rebelión de Vox contra los Presupuestos andaluces– no es equiparable a un pacto con la extrema derecha en Madrid y su Comunidad. El PP parece decidido. Cs no quiere la foto del pacto, pero sí sus beneficios. ¿Puede permitirse un partido liberal, ligado en Europa a Macron cuyo gran enemigo es el partido de Marine Le Pen, un pacto con Vox en la capital de España? ¿Favorecería ese pacto su imagen de modernidad y europeísmo? ¿Hasta donde llegará la exigencia de Vox de un pacto con campanillas? ¿Pueden permitirse Vox o Cs que Manuela Carmena siga siendo alcaldesa?

El dogma de la política de frentes

Todo apunta a que habrá pacto de la derecha con la extrema derecha, pero con pocas alharacas y sin foto. Bueno, con solo media foto. ¿Es lo que, a medio plazo, le conviene a la derecha? Puede ser lo inevitable cuando se erige en dogma la política de frentes.

Y es también el gran riesgo que corren socialistas y liberales. Hoy por hoy no es posible un pacto PSOE-Cs. Ahí está la campaña virulentamente antisocialista de Rivera y el «con Rivera, no» que clamaban los militantes en Ferraz la noche del 28-A.

Pero el ‘no pacto’ no debería implicar cerrarse todas las puertas. Sánchez tendrá que gobernar en sintonía con Macron y Merkel porque sin Europa no vamos a ninguna parte. La alianza con Podemos puede ser querida por muchos votantes y obligada por la matemática parlamentaria, pero Sánchez no debe quedar prisionero de un partido reticente al euro y que además atraviesa una grave crisis interna. Rivera quiere ser presidente. Vale, pero, ¿le ayudará el pacto fáctico con Vox y tener escasa influencia en el Gobierno?

Una abstención de Cs en la investidura -que solo compromete a eso- podría ser un paso adelante en la normalización política de España sin que ninguno de los dos líderes tuviera que renunciar a nada (salvo al frentismo). Sánchez ha dado un paso en Navarra. Rivera está encallado en la media foto de Madrid.

¿Y los grupos secesionistas? Hoy basta apuntar que la estabilidad sale beneficiada con la practica abstención de tres diputados de JxCat. No va con el discurso de Puigdemont, pero…