El hipódromo del PP lleva tres lustros cerrado. Hay muchos votantes que ni lo recuerdan. Por aquel entonces no había Facebook, ni Twitter, los periódicos se agotaban en los quioscos e Iñaki Sáez era el seleccionador de España. El partido atravesó una era geológica, el marianismo, en la que se produjo una gran extinción de la que sólo sobrevivió el inextinguible Javier Arenas. El vencedor del último gran premio es ahora registrador de la propiedad de Santa Pola. Le fue mejor que a otros jockeys legendarios. Por entonces, la prensa sentía adoración por aquel Rato que había obrado el milagro económico, Zaplana tenía peor fama pero aún le quedaban por vivir muchas tardes de gloria en el Congreso y Gallardón era demasiado progre como para aspirar a la presidencia del partido. Progre. Gallardón. Aquellos maravillosos años.

Eran buenos tiempos para ser candidato de la derecha. Ciudadanos no existía, ni siquiera UPyD, y se creía que el que heredase la presidencia del PP heredaría también la del Gobierno. Con Zapatero no contaba nadie, era el Sosomán de los guiñoles, un líder mediocre para un partido decadente, hasta el punto de que en las encuestas de El Mundo todos los jockeys que competían en el hipódromo eran favoritos si se enfrentaban a él en unas elecciones generales. Mayor Oreja le sacaba casi 4 puntos de ventaja.

El futuro del partido que explotaba en régimen de monopolio toda la derecha dependía exclusivamente de la voluntad de José María Aznar. No había urnas, ni avales, ni candidaturas. Había una libreta azul. Y en consecuencia, no se oía ni el vuelo de una mosca.

El 20 de julio de 2003 arrancó la carrera y un ministro le decía a Lucía Méndez que la sucesión era un dilema: «Los lunes, miércoles y viernes creo que va a ser Rajoy; los martes, jueves y sábados creo que Rato». Sin embargo el favorito de los encuestados por Sigma Dos para El Mundo era de largo Alberto Ruiz Gallardón. Una cosa eran las encuestas y otra la voluntad de Aznar. De la misma manera que, 15 años después, una cosa es la voluntad de los militantes del PP y otra muy distinta la preferencia de los lectores de elmundo.es. Para tranquilidad de Cospedal, que parte cuarta en esta primera vuelta al óvalo de la primarias. O para Pablo Casado que, aunque segundo, se encuentra a 30 puntos de distancia de Soraya Sáenz de Santamaría. Las normas del hipódromo han cambiado. No sólo porque ahora haya mujeres favoritas, que también, sino porque los afiliados van a participar del milagro de la democracia interna, esa extravagancia que durante tanto años despreciaron los populares. Entre otras cosas, porque solía tener como resultado la entronización de líderes excéntricos. Como Pedro Sánchez.

La que fuera la mujer más poderosa de España le ha regalado a Raúl del Pozo una de esas declaraciones impagables. Se define como «una gata que caza ratones». La felina tiene hoy el consuelo de los clicks, que seguro que no compensará el disgusto de los avales. La ex vicepresidenta no reveló los números de la cosecha y en un ámbito tan exhibicionista como una campaña, la ocultación se considera síntoma de debacle. Igual no es así, pero parece. Y para explicar cuál es la relación en política entre el ser y el parecer basta con decir que valga la redundancia. Su logo de campaña es SoraYA! lo que deja el camino expedito para que sus contricantes adopten una grafía más atrevida y se hagan llamar CosPEDAL!, MarGALLO! y CaSADO!

A Cospedal la castigan los lectores. Ella centra su campaña en apelar al agradecimiento de los suyos. Ella siempre estuvo allí, no como otra, y defendió al partido en fregados imposibles que le costaron algunas heridas de guerra. Como aquel desvarío del despido en diferido de Bárcenas y otras comparecencias ante el pelotón de periodistas. Esta semana ha ido agudizando la estrategia y ya habla con desparpajo de lo que antes sólo sugería: dio la cara por el partido mientras Soraya se parapetaba tras el Gobierno.

La militancia arropó al joven Casado con cinco mil avales. Hay escándalos de doble filo y en momentos como el actual se reaviva esa especie de fervor religioso que es el patriotismo de partido. Los ataques que buscan destruir a un candidato pueden tener el efecto paradójico de despertar una enorme solidaridad en torno a él. Casado confía en que, descabalgado Feijóo, el casco azul de pacificador le conduzca primero a la meta.

Alguien que invita poco a la empatía es el tercer jockey de este hipódromo, José Manuel García-Margallo. Es todo lo contrario de lo que prescribe la nueva política y sin embargo -o igual precisamente por ello- es el único de todos que parece que saber lo que haría en caso de alcanzar el poder. El poder real, el de la presidencia del Gobierno. De hecho parece el único que piensa en La Moncloa y no sólo en Génova. El ex ministro va a las tertulias y habla como un lord comisario de la Junta del Almirantazgo.

Desgrana con prosodia arrogante la coyuntura mundial, los desafíos económicos, las alianzas militares, las tensiones territoriales y hasta la disrupción tecnológica. Cualquier día llega al plató y despliega un mapa. Si se le pide más concreción sobre algún punto, él remite al entrevistador a alguno de sus libros. Margallo no tiene un programa sino una biblioteca. Ya se le han adivinado varias frases hechas que no dejará de repetir hasta que los afiliados voten: «Cuando emprendo un viaje me gusta saber si voy al Valle de Arán o a Alicante para ver que ropa meto en la maleta» o la cita de Séneca: «No hay viento favorable para el barco que no sabe a dónde se dirige». Casi todas tienen como objetivo criticar la evanescencia programática de sus compañeros-adversarios.

La carrera arrancó antes de que Elio Cabanes se subiera al caballo y en consecuencia, no aparece en esta primera encuesta de elmundo.es. Sí están los dos desconocidos. José Ramón García Hernández (3,31%), éste último consciente de que un estadounidense jamás ganaría las elecciones llamándose Smith, pide que le llamen Joserra. José Luis Bayo (2,80%), por su parte, ha sido descabalgado por el Comité Organizador del Congreso, al no llegar a presentar los 100 avales. Estos candidatos se aferran a la esperanza de que un día, hace ya algún tiempo, poco antes de que se abriera por última vez el hipódromo popular, las primarias del PSOE las ganó un tal José Luis Rodríguez al que nadie conocía y al que muchos votaban no tanto porque no supieran quién era él sino porque sabían quién era el resto.

 

 

FUENTE: ELMUNDO

 

 

Tres en raya

 

Si los exploradores de Génova no andan muy desencaminados solo hay dos combinaciones posibles. O pasan el corte las primas donnas del PP o una de las dos se queda fuera en beneficio dePablo Casado. En tal caso, la suerte está echada. Casado for PresidentNi Soraya puede permitir que gane Cospedal, ni Cospedal puede permitir que gane Soraya. Casado sumaría a los apoyos propios los de la candidata eliminada. Fin de la pelea. ¿Pero quién gana si el combate final se feminiza?

Dicen los gurús de las encuestas que Soraya es la favorita de los votantes y Cospedal la de los compromisarios. Si fuera exactamente así, la secretaria general se llevaría el gato al agua y la ex vicepresidenta también se quedaría sin opciones en este segundo -y último- supuesto. La conclusión inexorable sería que Soraya no tiene ninguna posibilidad de ganar. Pero la cosa no es tan fácil. Los gurús dicen más cosas. Por ejemplo, que Casado es el favorito de los militantes. Y esa es la madre del cordero. ¿A quién apoyarán los pablistas con derecho a voto en el Congreso del 20 de julio si no tienen la posibilidad de respaldar a su candidato y deben elegir entre las dos mujeres? Si alguien es capaz de despejar esa incógnita tendrá muchas posibilidades de ganar la porra de la batalla sucesoria.

Ya adelanto que mi tesis es minoritaria. Lo que a mí me sale, por pura lógica aristotélica, es que los militantes de base deberían preferir a Cospedal antes que a Soraya. Sin entusiasmo, vale. Como mal menor. Por imperativo disyuntivo. A la desesperada. Como se quiera. Pero a Cospedal antes que a Soraya. Sin embargo, siete de cada diez miembros del PP a quienes les hago esta consideración me responden que hiperventilo. Conociéndome, es lo más probable. Mi futuro como arúspice no es mucho mejor que el de una maniquí con chepa. Aun así, me niego a aceptar que esté equivocado. Llevo dándole vueltas al asunto varios días y no se me ocurre ninguna razón convincente que explique por qué deberían los partidarios de Casado sentirse más atraídos por Soraya que por Cospedal.

Parto de la base (si me equivoco tiren este artículo a la basura y mándenme a galeras) de que la opción Casado es la más ideológica de las tres con posibilidades de ganar. La escoltan quienes echan de menos las señas de identidad que el PP fue dejándose en el camino, como pelos en la gatera, durante la larga etapa en que la permanencia en el poder se convirtió en la única cuestión prioritaria. Defiendo como verdad axiomática que en los siete años de Gobierno, y si me apuran en los dos últimos de oposición, antes de ganar las elecciones de 2011, Rajoy impulsó una política sin convicciones que renunciaba a distinguir lo bueno de lo malo para no provocar rechazos innecesarios en ese amplio sector de la sociedad que vive en la neutralidad moral, a distancia de los principios.

Alguien le convenció de que en una sociedad sin criterios ni referencias lo único que había que hacer era des-moralizarse. Soraya fue la encargada, como vicepresidenta plenipotenciaria de Rajoy, de llevar a la práctica ese disparate. Y lo hizo con tanta fruición que, uno a uno, fue desmochando los valores que hasta entonces habían singularizado el escudo de armas del partido. Esos son, justamente, los valores que Pablo Casado afirma que quiere recuperar. ¿Es congruente ese deseo con la disposición a ayudar a quien los borró del mapa?

Si a los seguidores de Casado no les parece horrible ese pacto con los tecnócratas es que, en mi humilde opinión, no dicen la verdad cuando defienden la prioridad del rearme ideológico del PP. Soraya se vende a sí misma como la mejor opción para recuperar el poder a corto plazo. ¿Es esa clase de poder la que ambicionan quienes dicen representar a los militantes de base? Si es así, pincho de tortilla y caña a que los electores, cuando llegue la hora de las urnas, seguirán dándoles la espalda. La regeneración tiene poco que ver con el recauchutado.

 

 

FUENTE: ABC