FORGES se fue haciendo historia del escándalo español, y nos ha dejado solos en compañía de IRENE MONTERO, PABLO IGLESIAS, RAJOY y la ordinariez de los unos y los otros. El no formaba parte del coro, solo le falto cantar o dejarnos la letra del himno español. Rien de rien. «Je ne regrette rien»; no me arrepiento de nada, la canción que Edith Piaf dedicó a la legión extranjera francesa, porque ella fue tan grande que tuvo una intensa e inmensa relación de amor hacia Francia, que es la patria de todos los franceses decentes, y de los que fueron guillotinados por la ciudadanía a los compases de LA MARSELLESA guerrera y revolucionaria que Napoleón no se atrevió a sustituir o enterrarla.
                                                                                                                                                                                                                       Hasta hoy, incluyendo a la izquierda, que primero es francesa y luego socialista. En España no pasa así, porque nos contentamos con «Macarena» y «Viva España» que en estos días anda en la clandestinidad en varias comunidades autónomas, en las que el idioma español es considerado como una lengua extranjera, y la guardia civil un ejército de ocupación que hace prisioneros políticos, como anunció ese gigante de la democracia de Maduro que es nuestro Coleta. Un fantasma que en un país libre, culto y occidental estaría fuera de la ley. Pero no es así, porque es impensable entre cualquiera de nuestros actores de la política que arrastraran un miedo desolador por ser llamado FACHA y la impasibilidad del mayor culpable de tener una nación en ruinas, heredero del genio zapateril, nuestro padrecito Rajoy. Y casi media decena de regiones en estado de rebelión, y otra inmersa en un golpe muerto de risa y gozando en los floridos paraísos fiscales a la sombra del capitalismo salvaje suizo, que mata como asesina el anarquismo populista y los anti-sistemas, primos hermanos del secesionismo, recubiertos de billetes azules de la burguesía corrupta y podrida de Cataluña, que arrasaron las vidas de sus SEGADORES. 

                                                                                                                                                                                                                   Otra historia de la España cerril que con tanta perfección ha plasmado el genio de Forges cuando el franquismo estaba en su apogeo y los españoles nos desayunábamos con sus viñetas que se convertían en auténticos editoriales de un humor fino y elegante, lejos del chusmerio que nos achucha y nos seguirá llegando de los colegas del exterior. Una iniciativa que recogía ayer la intima de Pablo Iglesias pidiendo con los ojos encendidos el suficiente tiempo para que las españolas tuvieran una hora diaria para ellas y tiempo para ducharse, reivindicación solidaria vía populista, que en nuestro criterio, algo machista, las encontramos sin duda exquisitamente perfumadas con los jazmines que emanan de sus pieles, aunque el agua escasee en estas secas tierras que Zapatero y sus gobiernos de merovingios fueran retirados de la circulación hasta los monasterios del socialismo primitivo y de música gregoriana, cuyos acordes encanta a PEDRITO «el Breve», el verdugo de los barones sarracenos. El PSOE ha pasado a ser un histórico del exarcado imperial de origen franco, que Forges debió elevar a la categoría de monumento nacional a las puertas de Ferraz.

                                                                                                                                                                                                                     Se ha ido un grande y permanecen otros miles en Madrid, en donde ya no cabe un tonto más. Estoy de acuerdo con las declaraciones del novelista Luis Leandro que afirma que hemos optado en España por la vulgaridad y por los viejos vicios de la patria eterna. «Veo un páramo político y una vida innegociable. Condenar una película de Woody Allen o una obra de fulano o mengano porque su vida no ha sido correcta me parece un acto inquisitorial». Vale. A la mayoría en condiciones mentales normales sin rasgos psicóticos tampoco nos vale los desmadres y ataques a los sentimientos democráticos, ideológicos y religiosas.

COLECTIVO OPINIÓN PÚBLICA

Forges: reír mientras lloramos, esa extraña sensación cuando se muere un cómico

Es curioso lo que sentimos cuando se muere una figura célebre. Nos sorprendemos experimentando pena por alguien a quien nunca hemos conocido en persona. La sensación se multiplica cuando se muere un cómico, porque su conexión con nosotros ha sido todavía más especial e intensa que la de un ídolo de cualquier otro ámbito.

Nos disgustamos ante una muerte, ¿pero dónde nos metemos la solemnidad y el gesto serio cuando aquel que se ha ido solo nos ha hecho reír? La muerte no estaba invitada a esta fiesta. El cómico se convierte en algo parecido a un amigo personal porque de repente, en algún momento duro, gris o sencillamente aburrido de nuestra vida, se coló en nuestra casa y nos hizo reír. La muerte del humorista Antonio Fraguas de Pablo,Forges (1942-2018) esta madrugada equivale a la de ese compañero de trabajo, de bar o de bloque de apartamentos que cada mañana, durante más de dos décadas, hacía un comentario certero y lleno de humor sobre lo que veía en el mundo. Y el vacío pasa a ser de otro tipo: no solo se ha muerto un ídolo, también un artista cercano que nos hizo sonreír cuando el mundo apestaba.

La muerte de un cómico también nos sorprende intentando encajar un episodio negro en un lugar donde solo existía la luz. No es que la muerte encaje fácilmente en ningún otro ámbito, pero pongamos el ejemplo del pintor maldito, el director de cine plúmbeo o el deportista de riesgo: una muerte cobra sentido como parte de su relato, como último episodio de una carrera.

¿Pero dónde nos metemos la solemnidad y el gesto serio cuando aquel o aquella que se ha ido solo nos había hecho reír? La muerte no estaba invitada a esta fiesta. Esta mañana, en el metro de Madrid (situación seguramente extensible a otros medios de transporte de toda España que llevaban a la gente al trabajo o al lugar de estudios) los viajeros repasaban las noticias en sus móviles de la muerte de Forges y soltaban una sonrisa, cuando no alguna carcajada.

Casi todos los medios, claro, recordaban sus mejores viñetas. Y sí, algunas tenían que ver con la muerte, algo de lo que el propio Forges tuvo que hacer humor cuando la actualidad se lo imponía (genial la que le dedicó a Mingote tras su muerte en 2012, en la que el humorista fallecido llegaba volando al cielo y pasaba de largo de la nube donde le esperaba Dios, que gritaba: «¡Antonio, que es aquí!»).

¡Reírse con la noticia de un fallecimiento! Probablemente es un honor, y a todas luces debería ser el propósito de cualquier cómico: que todos los artículos que cubran su muerte hagan reír. Ocurría con Chiquito de la Calzada, en cuyos obituarios se recordaban sus frases más surrealistas, con la norteamericana Joan Rivers, que suscitó un repaso a sus frases más bestias y demoledoras, o hace 17 años con Miguel Gila, cuya muerte llenó los telediarios de vídeos de archivo en los que pedía al enemigo que se pusiera al teléfono. Pero ahí volvemos a la sensación extraña que describíamos al principio: reírnos ante la muerte o la desgracia en cualquiera de sus formas nos hace sentir tal vez mal, luego un poco mejor, y al final, a todas luces, vivos.

Forges lidió con esa paradoja. Durante sus 23 años como el viñetista más famoso de EL PAÍS tuvo que ilustrar con humor la corrupción, el desastre del Prestige, la Guerra de Irak, el 11-M, el desempleo o la amenaza terrorista. En otras ocasiones, sus viñetas funcionaban independientemente de la actualidad, con una serie de personajes desencantados, narigudos y espigados que sobrevivían con humor en un país lleno de demonios y preferían hablar de las relaciones de pareja, de la tecnología, de la televisión o del clima.

Siempre con diálogos demoledores, efectivos y cortos, que parecían adaptarse con lustros de antelación a la dictadura de la síntesis que luego impondría Twitter y que, por antiguos que sean, siguen funcionando hoy increíblemente bien con unas nuevas generaciones en una nueva plataforma. 

El humor y la muerte, cuando se juntan y podemos reír y sollozar a la vez, provocan un milagro. El humor, y todos los que se dedican a él lo saben, nace de un lugar oscuro en el que convive con traumas, miedos y tumores emocionales enquistados. Y poca gente reflejó los de un país entero con la maestría de Forges.

FUENTE: EL PAÍS