ESPAÑA, UNA MUJER MALTRATADA POR UNA MANADA

 
 
El ser feminazi -leo estupefacto- es significado de una feminista radical en donde todos los actos de paz, diálogo, igualdad y cariño, se convierten en un sutíl rencor y maltrato hacia el género masculino y sus propias manifestaciones de naturalezas distintas, como la cultura, los sentimientos enconados y las actividades amororosas previas a las más gloriosas e íntimas, que se reflejan perfectamente en esa hermosa explosión de la maternidad surgida de entre dos seres humanos de diferentes psicologías y sensaciones en sus deseos diversos, con el abrazo protector de la cultura con sus raíces raciales humanas. Ahora que vivimos, el ganado machista achuchado hacia los rediles huyendo de las lobas, las zorras, los leones y los tigres colectivos, hemos entrado en otro «proces» de roces, magreos, piropos inocentes y miradas ardientes, la selva anda revuelta atizada por los cazadores furtivos y las hienas políticas con el peligro de terminar en un matadero globalizado.
 
Está probado y demostrado, en decenas de naciones, desde que aparecieron nuestros primeros padres, los juguetones Adán y Eva, mordiéndose entre ellos y a una manzana envenenada que nos puso a trabajar a todos y tener descendientes en lucha permanente. Había nacido el feminismo ardiente y legalizado.
 
 

 

 

 
 
Hoy es una guerra en la que se disparan misiles con heridos, heridas, márti-rezas, portavozas y hasta miembras. No escribo miembro porque pudiera ir derecho a Sangonera. Es una guerra viril, machista con muertos y muertas. Y por ende, funciona la guerra fría psicológica, callada y castigo de abstinencia sexual. Esos polvos suelen traer lodos que salpican a las familias, esos entes fabricados por el capitalismo machista, ese que paga anuncios sexistas en las televisiones puras que tantas nalgas enseñan y pechos que despiertan el apetito natural del recién nacido o te envían mensajes de violencia tribal o escenas escabrosas y palabras y palabros que ayudan a educar a nuestros descendientes, todavía infantes, sin que nadie proteste, aunque se haga propaganda de cómo fumarse un porro o un canuto. O secuencias contínuas de maldades en matrimonios que no se soportan porque el matrimonio es cosa de curas y por tanto se impone un divorcio sea cristiano o musulmán de secuencia yihista que impide que la esposa sea libre sin el consentimiento del rey de la casa. Ese machismo salvaje de naciones sin democracias que colaboran con pasta y armas a que se maten los pueblos y estalle el terrorismo liberador mezclado con el chavismo progre, el catolicismo de la guerra de los treinta años o la de los tres feroces de nuestra guerra civil en la que se violaba a destajo ¡¡Cuanta hipocresía en banderas al viento de asesinatos en los cementerios o en las cunetas, dios!!.
 
 

 

 

 

 
Bien pagados en despachos de los Estados y sedes de partidos, tambien de las cajas blindadas que pagan experimentos insalubres como derribar contenedores, entrar en pelotas féminas revolucionarias en capillas y no en mezquitas vengadoras, dejando un rastro de impudicia democrática o su adversario el fascismo selectivo ario de los alemanes, que asi mismo seleccionaban mujeres y ejemplares de hombres dispuestos al coito patrio, hombro con hombro con los soldados del asesino Stalin, que llegaron a violar brutalmente a doscientas mil mujeres y hasta jóvenes imberbes a las órdenes del loco Adolfo. Son experiencias ya conocidas en la patria española ocho veces invadida por etnias, entre ellas la del esperma de Caín. La lista es interminable de los abusos humanos, y desde luego de mujeres aquejadas de ese furor incontenible como sufrieron Catalina la Grande, las Borgias y hasta nuestra admirada reina Isabel II que sembró al país de presuntos monarcas.
 
Llegado a este punto -y sin ánimo de ofensa ninguna sino en petición de justicia para todos- aparte de las grandes espías que se encamaron en defensa de sus naciones, digo, con textos de historias a la mano, que desde el siglo diecinueve se viene imponiendo un feminismo  radical que paga la política monacal, desde que el monarca Enrique VIII rompió con el Vaticano por ser furioso adicto al sexo  y fundó el anglicanismo religioso que tanto  ha fornicado a los cinco continentes y tantos líos han salido de sus palacios, el feminismo ultra se ha convertido en un negocio de miles de millones de libras esterlinas, en pro y en contra, pagando en carne, huesos y sangre. En pleno puritanismo progre y maniqueísta que ha calado desde el desembarco de las sirenas populistas en esta España, aunque ya en el franquismo puro y duro, se multaba con dureza cuando los bañadores playeros no llegaban hasta la rodilla. Llegaron los deshonestos bikinis y el personal se revolucionó, y afirman los historiadores  autorizados, el ilustre general enfermó. Ahora, algunas de sus descendientes disfrazadas de antisistemas tratan de implantar las predicas de aquel gran papa que fué León el Magno, ordenando el adorno del velo, justo pago a los ayatolás iraníes que tanto hacen por volver a la España mahometana. Y de paso, no faltar más, prohibir el piropo de la zarzuela, que va desapareciendo a los acordes de los Segadores soberanistas.
 
 

 

 

 
 

JOSE JUAN CANO VERA