Una vez identificadas en el anterior pasico las seis dimensiones del problema del Mar Menor, estética, ecológica, económica, histórica, competencial y política, procederá el Aparecido a comentar las cuatro soluciones que se han propuesto para remediarlo y esbozar la suya propia. Todas las soluciones coinciden en tratar de atajar el problema estético: la gente quiere orillas limpias y aguas claras y a ello se han aplicado los proponentes. No obstante, difieren en cuál de las otras dimensiones hay que situar en lugar preferente. Dicho de otro modo: además de corregir la desagradable apariencia de las aguas, ¿conviene proteger la faceta ecológica o la económica?

La opción ecologista radical

Una primera opción es la ecologista radical, para la cual lo más importante es conservar a toda costa el ecosistema de los años 60 e incluso, si fuese posible, volver al del siglo XIX. Para ello habría que cortar radicalmente el trasvase del Tajo al Segura, lo que facilitaría la erradicación de toda la agricultura de regadío en torno al Mar Menor y, al finalizar los vertidos de fertilizantes, se lograrían los objetivos citados. Subsistirían, no obstante, dos problemas. Uno es el histórico: ni siquiera sin regadíos dejarían de fluir aguas contaminadas, toda vez que el acuífero está contaminado; además, aunque en menor medida, el turismo masivo también contamina. Los ecologistas radicales se ven así obligados a complementar sus medidas estelares, no al trasvase y no a los regadíos, con otras secundarias: actuar sobre la rambla del Albujón e imponer una fuerte tasa al turismo en el entorno del Mar Menor.

«NUESTRO PROBLEMA NO PROVIENE DE UN EXCESO DE TECNOLOGÍA, SINO, POR EL CONTRARIO, DE UN DÉFICIT DE TECNOLOGÍA»

Un dato notable es que el apoyo ciudadano a esa solución ecologista radical aumenta con la distancia entre el sitio de residencia y el Mar Menor. Cuanto más lejos viva uno y menos dependa su economía personal de esas actividades a prohibir tanta más simpatía despierta la propuesta. Un profesor con inquietudes ecológicas de alguna universidad lejana es el candidato ideal: posee los conocimientos suficientes para entender la idea y, en cualquier caso, su nómina seguirá llegando cada mes. Magnífico.

La economista radical

En cambio, los agricultores del Mar Menor, los que alquilan habitaciones o apartamentos para el turismo, y todos los que prosperan al calor de esas actividades, como los propietarios de bares y restaurantes, los trasportistas, los vendedores de semillas y fertilizantes, etc., ven con menos entusiasmo cortar el trasvase, imponer exacciones turísticas y volver a los algarrobos, árboles de secano por excelencia. Algo les dice que la oferta «pobres, pero verdes» no les conviene. Bastantes de ellos se inclinan por la opción economista radical: abrir los canales que comunican al Mar Menor con el Mediterráneo y esperar unos meses, a lo sumo un par de años. Probablemente se destruiría el ecosistema acuático peculiar, que quedaría convertido en un Mediterráneo en miniatura, pero se solventaría el problema estético y, con algunas obras complementarias, se podrían mantener las actividades agrícolas, ganaderas turísticas. Incluso se podría estudiar la legalización de los regadíos ilegales. Magnífico también.

Dos opciones moderadas

En medio de esas dos propuestas aparecen otras dos moderadas, las cuales intentan combinar cierta protección al ecosistema con cierta continuidad de las actividades económicas. Compartiendo ese objetivo común, difieren en cómo lograrlo. Para una de las versiones moderadas hay que actuar sobre lo que llaman “el origen del problema”, lo que se traduciría en disminuir, sin eliminar, el trasvase y la agricultura, realizando quizás alguna intervención complementaria, como implantar un cinturón verde alrededor del Mar Menor. Para la otra versión moderada, es preferible corregir los efectos de las actividades, para lo cual sería necesario construir canalizaciones que desvíen los vertidos, eliminar los lodos de las orillas y vaciar el acuífero para que deje de contaminar.

«HABRÍA QUE ERRADICAR LOS REGADÍOS ILEGALES, CONSTRUIR TODAS LAS CANALIZACIONES Y DEPURADORAS NECESARIAS, SUSTITUIR LOS FERTILIZANTES AGRESIVOS Y SEGUIR TECNIFICANDO LA AGRICULTURA»

¿Propone algo el Aparecido? En efecto, guiándose por una frase de Marx, «cuando a la ciencia se la convoca, la ciencia comparece», lo propone. En contra de los que dicen que el problema proviene por completo de la agricultura actual, e incluso de los efectos acumulados de las actividades económicas del pasado, el Aparecido compara el Mar Menor a un enfermo crónico que sufre ocasionales crisis que obligarían a internarlo en la UCI. Hasta el año 2016 el Mar Menor pudo bregar con todos los vertidos gracias a su capacidad intrínseca regeneradora; el problema se manifestó cuando una fuerte tormenta se añadió a las agresiones crónicas que padecía, lo que superó la capacidad homeostática del sistema y se produjo una anoxia con mortandad de diversos organismos acuáticos. Entre esos factores agravantes ocasionales figuran las altas temperaturas veraniegas. 

No es casualidad que las anoxias se produzcan tras las tormentas o en los meses con temperaturas más altas y turismo más masificado. Es bien conocido que, en el laboratorio, un incremento de 10º centígrados duplica la velocidad de las reacciones metabólicas, lo que, en nuestro caso, implica que el consumo de oxígeno por parte de organismos aerobios no fotosintéticos también subirá y contribuirá a la anoxia. Además, la solubilidad del oxígeno en el agua varia con la temperatura, motivo adicional para que se desborde la capacidad reguladora del ecosistema.

Los que niegan lo dicho deberían explicar por qué en el pasado mes de agosto se han producido no menos de cinco grandes mortandades de peces en distintos sitios de España. En el pantano del Vicario, en Ciudad Real, se han retirado 55 toneladas de peces muertos, episodio debido, según la Confederación Hidrográfica del Guadiana, «a las altas temperaturas y la sequía»; en las orillas  del pantano extremeño de Tentudía han fallecido 5 toneladas de peces, lo que Ecologistas en Acción atribuye a los purines de la actividad ganadera, pero la Confederación Hidrográfica añade «y a las altas temperaturas»; en el canal de Tavernes, en la Comunidad Valenciana, han muerto numerosas lisas, que las autoridades han atribuido «a la escasez de agua y las altas temperaturas»; en la superficie del segoviano embalse de los Juarros de Voltoya han aparecido muchos peces muertos, cuya causa «es desconocida», pero fue durante dos días especialmente calurosos; en la desembocadura de la almeriense Rambla Morales, en el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, se ha producido una gran mortandad de peces, que los ecologistas atribuyen a las aguas fecales, y los alcaldes añaden «las altas temperaturas»…  Ante esa epidemia de mortandades, algún amable lector estará preguntándose por qué solo el episodio del Mar Menor ha merecido la visita de los líderes políticos de todos los partidos y abierto los telediarios; la respuesta es doble: porque la importancia ecológica del Mar Menor es superior a la de cualquier embalse y porque ha habido un interés especial en politizarlo. Pero mortandades ha habido por doquier y bajo diferentes gobiernos.

Vayamos ahora a la propuesta de solución. Acorde con el diagnóstico de que el Mar Menor es un enfermo crónico que sufre crisis agudas periódicas, el tratamiento tiene que ser doble. En los trances de crisis habría que adoptar medidas especiales inmediatas, pero no permanentes. Tales serían la apertura de las golas, la prohibición transitoria de los fertilizantes nitrogenados e incluso la oxigenación artificial del Mar Menor, técnica sobre la cual puede informar Indalecio Modesto, presidente de una asociación internacional sin ánimo de lucro dedicada a aportar soluciones de ingeniería a las lagunas y los ríos. 

Junto a esas medidas transitorias de urgencia, habría que acometer actuaciones de fondo para compatibilizar la economía con la ecología. En ese sentido, habría que erradicar los regadíos ilegales, lo que agradecerían incluso los agricultores honrados, que son la mayoría, construir todas las canalizaciones y depuradoras que sean necesarias, sustituir los fertilizantes agresivos por otros más sostenibles, seguir tecnificando la agricultura (que ya lo está en buena medida), para lo que disponemos de conocimientos sobrados: en la UPCT catorce empresas tecnológicas relacionadas con la agricultura han creado al cátedra AgritechMurcia, y también la universidad de Murcia y el CSIC albergan buenos especialistas. Lo dicho, cuando a la ciencia se la convoca, la ciencia comparece: nuestro problema no proviene de un exceso de tecnología, sino, por el contrario, de un déficit de tecnología. Es posible producir mucho de forma blanda, pero hay que invertir lo suficiente. ¡Ah, bueno!, y también recuperar los humedales del entorno. En resumen, combinar las actuaciones urgentes durante las crisis, con las de fondo el resto del tiempo, sin sumir en la pobreza a los lugareños ni cargarse por completo el ecosistema.

Ha propuesto el presidente Miras una comisión mixta de científicos, a nombrar a medias entre el Gobierno español y el regional, para que asesoren a los que toman las decisiones. Es buena idea, pero insuficiente. Cuando se quiso hacer la UPCT no bastó con el comité de asesores de la consejera Cristina Gutiérrez-Cortines, sino que se nombraron un rector presidente y un gerente; cuando se produjeron los terremotos de Lorca no bastó con convocar a los expertos, sino que se nombraron dos comisionados sucesivos, Mario Garcés e Inmaculada García; cuando ocurrió el desastre de Aznalcóllar se designó una comisión de especialistas, pero también sendos comisionados, uno a propuesta del gobierno socialista andaluz y otro del pepero español. Algo así sería conveniente para el Mar Menor. Bienvenida la comisión mixta, pero acuérdense dos comisarios entre ambos Gobiernos que coordinen e impulsen sus actuaciones. Los nombres adecuados existen. Y luego está la Iniciativa Legislativa Popular para dotar de personalidad jurídica al Mar Menor, pero, por su gran enjundia, merece pasico aparte.