Ángel Montiel 

 

El espantajo de Bildu y la Ley Celáa se convierten inesperadamente en asuntos principales de la política regional. Por fin López Miras y sus palmeros disponen de un salvoconducto para desviar el foco de su propia gestión y transferir al Gobierno central las cuestiones de debate

Para que no se diga, aceptemos que es complicado transmitir la impresión de que hay una política, un marco, un proyecto, una ruta, algo, justo cuando te estrenas con unas Danas tremebundas, un Mar Menor anóxico y una pandemia indomable. Las inciencias extraordinarias instalan un telón opaco sobre cualquier plan de Gobierno que aspirara a algo más que atender a los asuntos del día a día, reponer farolas y eso.
Este es un buen argumento de disculpa para justificar que el Gobierno regional carezca de cualquier planteamiento de alcance, obligadamente suspendido por la necesidad de acudir a resolver gravísimos imprevistos. El problema es que los Gobiernos están también para mostrar solvencia en los asuntos imprevistos, y es más, en esas circunstancias, como el hombre de Brummel, es cuando se la juegan.

La briega del presidente López Miras en la parte de los imprevistos se ha caracterizado por tirar balones fuera, transferir responsabilidades al Gobierno central (solo en la fase postRajoy), desentenderse de la ‘herencia recibida’ como si su PP no fuera el mismo PP en cuyo gineceo ha sido concebido, y echarse a dormir en la hamaca que facilita la estructura sociológica de esta Región, que desde mediados de los 90 del pasado siglo dota a la derecha, en sus distintas variantes, con un 60% contra un 40% de la izquierda, pongas en las listas de la primera una escoba o a un Fulano de Tal, da igual.

La labor del Gobierno, buena, mala o regular, no computa a la hora de las elecciones, como está bien probado, y cuando recibe al fin castigo se le compensa con opciones propicias al pacto de salvamento. No es mérito de la derecha, sino que la izquierda es incapaz de romper los bloques, que solo se mueven en un intercambio interpartidista de fuerzas afines sin desbordar los espacios ideológicos, y menos cuando, como ahora, dispone de la ventaja de gobernar en España. Hubo un momento, en la fase de auge de Cs, en que los electores de ese partido parecían tender al cambio, e incluso sus principales dirigentes así lo proclamaron, pero después la nomenclatura no atendió a esa demanda, y aunque lo pagaron de inmediato en las urnas, no parece que se vuelva a dar otra oportunidad.

SALVOCONDUCTO SÁNCHEZ.

¿Ventaja del PSOE por gobernar en España, he dicho? Los espasmos a que da lugar la necesidad de supervivencia de un Gobierno nacional en minoría, sostenido por fuerzas que se cobran intereses políticos y económicos, producen el oxígeno que a los efectos regionales de Murcia permiten a López Miras insistir en un discurso con el que camuflar la inexistencia de una política propia y el fracaso en la gestión de los problemas extraordinarios mediante la apelación a los resortes ideológicos en que se sustenta.

Así, el espantajo de Bildu y la Ley Celaá, se convierten inesperadamente en asuntos principales de la política regional. Por fin López Miras y sus palmeros disponen de un salvoconducto para desviar el foco de su propia gestión y transferir al Gobierno central las cuestiones de debate. No pudo hacerlo en lo que realmente afecta a la Región, los Presupuestos del Estado, dado que Murcia no ha salido malparada esta vez en el conjunto de las Comunidades, pero el fetiche Bildu y una Ley educativa que potencia la enseñanza pública le permiten hacer aspavientos para estigmatizar a la oposición socialista, como si Diego Conesa fuera el enemigo público número uno, cuando la crítica a éste en su mismo partido es que su estilo de oposición es demasiado propositivo y poco agresivo.

EL LOBBY DE LA ENSEÑANZA.

López Miras, estancado en una legislatura sin política definida y atrapado en una gestión improvisada por las consecuencias de la crisis sanitaria, ha alcanzado la oportunidad, gracias a una circunstancia exógena, de convertirse en «martillo de herejes, luz de Trento y espada de Roma», tal como Menéndez Pelayo distinguió a Felipe II. La Ley Celaá le viene como anillo al dedo, pues ‘el partido de la libertad’, lema electoral con que expresó desde el principio su adhesión a la enseñanza privada frente el propósito de todo administrador democrático, que ha de velar principalmente por lo público, le permite amigarse con el amplísimo lobby que rechaza la nueva regulación estatal. Un lobby, por cierto, que ha crecido porque fue precisamente el PSOE el que lo impulsó en un primer momento (al menos, la fórmula de las cooperativas), y que ha amagado en Murcia, en algunos momentos, con conformar un partido político alternativo al de las fuerzas convencionales, en el cálculo de que obtendrían, por el número de sus integrandes, al menos dos diputados en la Asamblea Regional.

No es broma: ya se ha visto que, en lo que toca al Mar Menor, Vox sirvió de buzón en la zona para el descontento de quienes rechazaban cualquier política reguladora, y no quiero pensar que las elecciones estuvieran próximas y el sector de la hostelería decidiera constituirse en partido político. En lo que se refiere a la Ley Celaá, López Miras no va a permitir esta vez que Vox se le imponga como oposición al Gobierno central, de modo que abandera desde el principio la movilización a la contra, la resistencia y hasta la rebelión. Con esto ya tiene bastante para desviar hacia Madrid la atención que requerirían aquí los problemas no resueltos de su propia competencia en la Región.

Por si fuera poco, está el estandarte Bildu. López Miras es consciente de que, en asunto tan emocional, no tiene cabida el pensamiento complejo. Él todavía tocaba la flauta cuando la apelación de todas las fuerzas políticas a ETA consistía en tratar de convencer a la banda terrorista de que en una democracia sus reivindicaciones independentintas podían tramitarse a través de la representatividad en los Parlamentos. Pues bien, este es el escenario actual, aunque, en efecto, la legitimidad democrática de Bildu debiera pasar no solo por las urnas sino por la petición de perdón a las víctimas del terrorismo, al modo con que en Sudáfrica, con la mediación del arzobispo Marcinkus, se liquidó el apartheid, dando lugar a una nueva normalidad.

Pero si Bildu hiciera algo así habría otro partido que lo sustituiría, pues el problema no es Bildu, sino el hecho de que el Movimiento Vasco de Liberación, como lo definió Aznar en su día, conserve un electorado irreductible, cosa que se tendrían que hacer mirar los partidos que lo combaten en su territorio, entre los que no está el PP sino en modo testimonial por incomparecencia de ciudadanos que lo respalden. Las mareas existen, nos gusten o no, como el hecho de que Bildu esté ahí, para nuestro fastidio, inquietud e irritación. Y como decía un filósofo griego, tal vez el propio Aristóteles, la cal y la nieve son del mismo color, pero no son de la misma naturaleza. De modo que cuando los votos de Bildu coinciden con las propuestas del PSOE en el Congreso, como en el Parlamento de Navarra con las del PP, no significa identidad, sino circunstancia. Algo tan elemental, sin embargo, está descartado de consideración en un rifirrafe político en el que se impone la emocionalidad como arma arrojadiza.

LA CORTINA DE HUMO.

Bildu y la Ley Celaá se han convertido de repente en el argumentario de la política regional. No digo, por supuesto, que no sean motivos de debate, faltaría más. Por si cupiera duda, es inentendible la cuestión del idioma vehicular en Cataluña y otras cuestiones aparte de esto, como lo relativo a la fiscalización gubernamental de la libertad de expresión (cosa sobre la, qué casualidad, el Gobierno regional no repara, tal vez porque su compromiso con la misma es tan perceptible como la que depara mi propia experiencia), pero es obvio que el contorsionismo del Gobierno central para aprobar sus presupuestos (tan similar al del Gobierno regional en el caso de los suyos con Vox) ofrece la oportunidad de empañar la mirada a las responsabilidades propias mediante una cortina de humo.

Al fin, López Miras ya tiene una política: Bildu y la Ley Celaá, perchas en las colgar su práctica habitual de desplazar hacia arriba la atención que, de otra manera,recaería en su propia gestión. En definitiva, ante su electorado, lo que pretende figurar es que Pedro Sánchez trabaja para él sin necesidad de cualquier esfuezo propio.

EL DESMARQUE, EN EL INTERNO.

Mientras tanto, persiste el problema interno, derivado de la política de Cs que hemos denominado El Desmarque. Es difícil atribuir los porcentajes precisos con que Martínez Vidal administra su nueva actitud: cuánto por indicación estratégica de su partido y cuánto por su propia voluntad de significarse. Por continuar con Felipe II, cabe traer la frase de éste con que culminó la conquista de Portugal mediante la fuerza después de pretenderla por las buenas: «Lo heredé, lo compré, lo conquisté». La lideresa de Cs empuja a Javier Celdrán, a quien pretende imponerse por las buenas o por las malas, inmiscuyéndose en su territorio, y eso son palabras mayores, porque el consejero de Presidencia es sagrado para el PP: las paredes de su despacho guardan grandes secretos, pero también informaciones sobre terceros. Y Martínez Vidal está pinchando quizá más de la cuenta.

Al fondo, el cambio de la Ley del Presidente que permita a López Miras presentarse a las próximas elecciones. Ese es el motivo de la santa paciencia de Celdrán. Al PP le urge, pero a Cs le conviene alargar el sí para obtener réditos mientras tanto; en cuanto se consuma el cambiazo, Martínez Vidal tendrá que tragar con todo. Su poder está en remolonear para tener opciones de decisión más allá de sus propias competencias e incrementar sus espacios ejecutivos.

La lógica es endiablada, pues no se entiendería que un partido en precario, Cs, facilitara una nueva oportunidad a un líder reforzado en vez de someter al PP a un proceso de elección de nuevo liderazgo que conllevaría tal vez una crisis interna que, de rebote, favoreciera a Cs en el marco de la disputa electoral en una misma franja sociológica. Marear la perdiz para llegar al momento de cambiar la Ley del Presidente juega a favor de los intereses de Cs, y a sabiendas de que esta baza está en manos de Martínez Vidal, Celdrán contemporiza. Pero la cuerda se tensa peligrosamente a la vista de que las demandas de Cs son cada vez más intensas y de que cuenta con poderosos aliados fácticos.

López Miras se maneja, pues, en dos frentes. El exterior lo tiene chupado: con las referencias a Bildu despeja sus asuntos propios, pero las cuestión Desmarque de Cs requiere de una cuidada sofisticación. Menos mal que Celdrán está educado en la imperturbabilidad. También, por cierto, como Felipe II.