El separatismo catalán ha transitado de las camisetas multilemas a las capuchas, a los pasamontañas, a las caras ocultas, una imagen que nos devuelve la memoria de tiempos horribles, tiempos de crimen, de sangre, de balazo en la nuca. Ya no son la revolución de las sonrisas, porque jamás lo fueron. Escondían su auténtica condición tras una máscara falsamente alegre, festiva y familiar. Pero bastó un nada para que aquel amable y pretendido jolgorio cívico se transformase en la bestia que se agazapaba en su seno, la bestia intolerante del catalanismo supremacista que considera a todos los que no son como ellos unos gandules, unas putas, unos guarros y unos malagradecidos.

Aunque esa careta haya caído ajada por el viento tormentoso de los hechos, que siempre suele destrozar las quimeras que predican las dictaduras, ellos se empeñan en seguir apareciendo como gente razonable, gente de orden, de bien, y por eso ahora se han puesto de moda las capuchas y todo aquello que oculte la auténtica faz de quien hiere a policías, destruye mobiliario público, incendia contenedores o automóviles, pega a estudiantes o intimida a conductores.

Por eso no deja de ser irónico que, coincidiendo con esos pactos que ni socialistas ni separatistas nos explican de verdad, salga a la palestra un grupo radical, se supone que más que los CDR o Tsunami Democràtic, autodenominado Llíris de Foc, Lirios de Fuego, en alusión a la Rosa de Foc, que es como se denomina la Barcelona del pistolerismo de los años veinte del siglo pasado, y por llevar el lirio en la mano, dirigida a los separatistas que no aceptan la vía violenta.

Uno no puede evitar preguntarse quienes se ocultan bajo la capucha de esos pretendidos liberadores de Cataluña. Si se la quitásemos, ¿qué rostro encontraríamos? ¿El de Puigdemont, que orquesta el caos desde Waterloo sin importarle destruir esa tierra a la que tanto dice amar solo por satisfacer su enorme ego y sus ambiciones personales? ¿Sería la cara de Torra, que se cree una especie de Braveheart y ansía alcanzar la gloria convirtiéndose en el liberador de Cataluña?

¿Quién podría esconderse detrás de esa máscara anónima? ¿Quién puede quemar contenedores, enviar policías a la UCI, amedrentar a críos en las aulas o apedrear automóviles de jueces para, ya sin ella, moverse entre la gente civilizada sin que se note su condición bestial y fascista? Ese es el dilema: lo que hay debajo de la capucha entendida ésta como la metáfora más precisa acerca del significado del procés. Porque muchos van a cara descubierta. Pero yo les hablo de otra capucha, una que va más allá de la que se visibiliza en estos actos, hablo de la capucha que supone en sí mismo el separatismo, una capucha que pretende ocultarnos a todos lo que en realidad hay y palpita tras ella, algo tan terrible que si se mostrase a la luz pública dejaría helados incluso a muchos de los propios separatistas.

¿Es el rostro abotargado de Soros, la medio sonrisa cínica estalinista de Putin, los corruptos del tres por ciento, los anti sistema, los proetarras, las trescientas familias catalanas, los CDR, las CUP, el Tsunami, la ANC? ¿Quién carajo está ahí hurtándonos su verdadero rostro?

Es un dilema que, más allá de lo policial, tiene una importancia moral de características capitales en la hora presente. Arrancar la capucha para averiguar qué y quién hay ahí. No es fácil, se lo anticipo. Solo puede hacerse con una voluntad política férrea y un coraje democrático hercúleo. Pero es un imperativo ético hacerlo si queremos preservar nuestra democracia de aquellos que pretenden arruinarla.

Aunque sospecho que, si les quitáramos el embozo a estas gentes, lo que encontraríamos no nos gustaría a ninguno. Posiblemente, nos desesperaría más.

 

 

FUENTE: VOZPOPULI