En su último libro, Mary Beard subraya el pasaje de la Odisea en el que Penélope pide al aedo que canta que entone algo más alegre y es reprendida por su hijo, Telémaco, quien le recuerda que el relato es cosa de hombres. Señala Beard que hay un punto de ridículo en ese adolescente que, haciendo valer su género, ordena silencio a su madre. Eso pasaba hace 3.000 años y todo ha cambiado, pero sigue siendo cierto que quien se apropia del relato posee el poder. Viene a cuento del revuelo causado por el nuevo empleo de Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno. Directiva de una consultoría, Gómez captaba inversiones para oenegés y había dado clases en escuelas de negocios. Ahora la ha fichado el Instituto de Empresa, centro privado que asegura que contactó con ella en febrero para dirigir un proyecto para África. ¡Enchufada!, claman PP y Cs.

La combinación de una actividad privada con ser consorte de un/a gobernante no es fácil. ¿Debe retirarse de su profesión para no incurrir en incompatibilidad por vía conyugal? Michelle Obama ganaba antes de mudarse a la Casa Blanca 240.000 euros al año, el doble que su marido. Y lo dejó. Pese a su feminismo, cumplió con el papel de primera dama volcada con la familia. Hoy en día, hay muchas mujeres en puestos de responsabilidad. Y el Gobierno de Sánchez es un ejemplo.
No por el número, sino por romper el corsé que ciñe a las mujeres a cargos vinculados a cuidados, salud, educación…

El papel de consorte no está resuelto (nadie les ha votado), pero en este caso lo inquietante es que se da por supuesto que Gómez no está capacitada para el puesto y que quien le busca trabajo es su marido. Como señala Beard, cuando cerramos los ojos y pensamos en poder se nos aparece una figura masculina. Es un cliché cultural que costará de erradicar. Y más para las esposas de los presidentes. Hasta Jackie Kennedy se rebelaba: “Lo único que pido es que no me llamen first lady, suena como un caballo ensillado”.