ADOLFO FERNÁNDEZ AGUILAR

 

Peldaño a peldaño vamos bajando la escalera de la decadencia de forma acelerada, donde al final nos espera un horizonte incierto y desesperanzado. Eso es lo que buscan con tanto ahínco los secesionistas catalanes y quienes los arropan. El Estado de las autonomías ha devenido en el Estado de las desigualdades donde priman la insolidaridad y exigencias territoriales. En la España de hoy se ha abolido el nosotros e impera el “yo a lo mío”. No estamos juntos, sino más desunidos que nunca.

Verdaderamente los que marcan el ritmo político son los independentistas catalanes. El chantaje de los presupuestos, la desestabilización y paralización legislativa del Congreso es para lo que sirven los votos de sus Diputados. La tensión y el clima de odio hacia todo lo español fomentado en Cataluña ya es imperdonable; las agresiones verbales y físicas infringidas a los adversarios políticos que disienten de ellos; la imposición antidemocrática obstruyendo el control al Govern en el Parlament; la persecución salvaje del idioma español; la escuela pública catalana secuestrada, educando a los niños de manera doctrinaria; los medios públicos de comunicación serviles al nacionalismo, comprados y sometidos. Estas son algunas de las tropelías que están protagonizando los secesionistas en las instituciones de todos los catalanes.

El deterioro ocasionado desde la Generalitat cada día va a más y España a menos. Si Mariano Rajoy miraba hacia otro lado, Pedro Sánchez está consintiendo y fomentando todo lo que ocurre. En algún momento habrá que decir basta restableciendo el orden constitucional. Pedro Sánchez y el PSOE están haciendo lo contrario. Algo parecido hizo antes Zapatero. Es como comenzó a fraguarse la hecatombe de hoy.

Siendo muy generoso en mi valoración de la actuación del gobierno socialista con los independentistas catalanes, podría calificarla de autocomplaciente, pero, cuando veo que permiten y tapan desmanes, siento vergüenza pública, y acrecientan su culpa cuando nos piden tolerancia ante sus agresiones, palabras de odio y mentiras. Es intolerable que un gobernante se muestre tolerante con la ilegalidad, la ocupación excluyente del espacio público y la utilización ilícita de los recursos. Todo mendigando sus votos independentistas para unos presupuestos falaces y que eviten la celebración de elecciones. La izquierda, nueva o vieja, que alienta esas situaciones también travestida ahora de nacionalista y posterga las reivindicaciones sociales, merece el mismo juicio de valor por las vilezas que ampara. ¿Es lícito quedarse mudos ante esta devastación de la pobre España cuando ves cómo se agudiza su agonía?

Al golpe de Estado le ha llegado la hora de la verdad esta semana. Pasó el tiempo de las amenazas del independentismo catalán y sus maniobras internacionales desvirtuando lo que se sustancia objetivamente. Ha llegado la hora en que solo debe hablar la Justicia, y los demás deben callarse, especialmente el Gobierno que alimenta un ruido interesado en escenario distinto, que pudiera parecer una cortina de humo muy censurable. Esa sería la forma acertada de mostrar respeto a la independencia del poder judicial y no dando órdenes a la Abogacía del Estado. Ahora solo es el tiempo de la Justicia que no entiende de venganzas, ni de privilegios, ni de pasteleos políticos. Se están sustanciando ahora delitos muy graves que deben ser juzgados para restablecer la convivencia pacífica de los españoles, fracturada por su ruptura del orden democrático y constitucional.

Aquí todo el mundo habla, menos el que solo tiene derecho a hacerlo y ese es el pueblo español. En el asunto de la autodeterminación nadie debe atribuirse autoridad. Ni el Gobierno, ni el Govern, ni Pedro Sánchez, ni Puigdemont-Torra. Solo el pueblo español está legitimado para hacerlo por la prerrogativa que le otroga el artículo dos de la Constitución. Eso se llama soberanía nacional y es ahí donde emanan todos los poderes del Estado. Ya ha llegado la hora de la verdad, por lo que es imprescindible que todo el pueblo español decida en referéndum. Esa es la clarificación definitiva que necesitamos para acabar con tanto enredo y reuniones secretas.

Todos los actores que tensionan el conflicto catalán son los causantes del padecimiento de la pobre España. Hace mucho tiempo que también desaparecieron los intelectuales, dejando el campo libre a los tertulianos que nos iluminan hoy; tampoco existen líderes políticos decisivos que separen adecuadamente el trigo de la paja, y por eso, entre otras cosas, los populismos, crecen y crecen sin parar. En la formación de ese movimiento telúrico se encierra la frustración y el desprecio de los ciudadanos que han adjurado de los políticos profesionales dedicados al servicio de sus partidos y no de las instituciones. Esa es la válvula que con gran estrépito está soltando toda la presión y en ella va igualmente la rabia desbordada de una ciudadanía radicalizada que cree ver su salvación en ese extremismo, cuando lo que está provocando realmente es poner en peligro a la propia democracia.

Miguel de Unamuno, minutos antes de morir, pronunció estas tres palabras que son un puro lamento: “Mi pobre España”. A ellas me acojo hoy y así titulo este artículo de ocasión. Leo mucho en estos tiempos, sobre todo lo relacionado con la España de ayer durante el regeneracionismo y la generación del 98. Hoy han vuelto a España todos esos males denunciados desde Joaquín Costa hasta Ortega.

Al final llego a una conclusión devastadora. En aquella época las desgracias se encadenaron con la pérdida de las colonias y una España injusta y paupérrima. De aquella catástrofe surgieron el regeneracionismo y una cascada de españoles comprometidos como Maeztu, Machado, Madariaga, Ganivet, Azaña, Azorín y tantos otros. La España de hoy está considerada como uno de los países más solventes del mundo, servicios sociales avanzados, sanidad pública espléndida y una democracia consolidada, pero nuestro único objetivo y dedicación es autodestruirnos sin intervención de causas exógenas. Somos los únicos responsables de esa autodestrucción. La miseria de ayer dio paso a infinidad de españoles comprometidos. La España de hoy, da abundantes farsantes, indocumentados, corruptos, trajinantes y secesionistas. Esto es lo que están haciendo con España. Pobrecica, mi pobre España.