Una de las medias verdades más repetidas en la lógica del capitalismo es la de la cultura del esfuerzo. La teoría, hundida en las raíces de la tradición protestante, viene a decir que cualquiera puede llegar a triunfar si se esfuerza lo suficiente como para conseguirlo. La práctica, que viene a ser la vida real, demuestra que hay más condicionantes ajenos al individuo que, además, acaban por ser más determinantes que los méritos alcanzados. Es como en esas novelas de caballeros en las que se vende que un escudero talentoso acaba aprendiendo el oficio y medrando para sustituir a su idolatrado protector. La política suele ser más cruel que todo eso. Y si no que le pregunten a María Dolores de Cospedal.

La ya exsecretaria general del PP lo ha dado todo por los suyos. Podría decirse que se ha pasado los últimos diez años de su vida con el escudo a cuestas, apagando fuegos por doquier e intentando ‘aprender’ el oficio de controlar el aparato. Sin embargo, a la hora de la verdad, no ha logrado su sueño. En el mundo de la política los escuderos no suelen llegar a caballeros porque la lógica funciona al revés: los líderes no solucionan problemas precisamente porque ya tienen a otros que lo hagan por ellos. Cospedal quería ser de los primeros, pero consumió su carrera siendo de los segundos.

Sus primeros pasos en política vinieron de la mano de José María Aznar. Con él en la Moncloa Cospedal sería subsecretaria y secretaria de Estado. Fue punta de lanza de una estirpe que acabaría controlando los resortes del país: toda una generación de abogados del Estado crecidos a la sombra del incuestionable liderazgo del líder que tumbó a Felipe González.

Cospedal y Santamaría, fuera del poder por primera vez en diez años

Su perfil, discreto y abnegado, le valió que la caída del aznarismo no supusiera su fin: apenas unos meses después de que el PP perdiera el poder tras el 11M, Esperanza Aguirre la rescataba para una consejería en el gobierno madrileño. Sustituyó en el cargo a quien entonces era mano derecha de Aguirre, toda una estrella emergente como Francisco Granados, que por aquel entonces deslumbraba con su gestión en las infraestructuras autonómicas. Pasarían años hasta que se descubriera su legado envenenado.

Una desconocida en Madrid

Aunque Cospedal llevaba mucho tiempo en Madrid, apenas nadie la conocía en el circuito local. Fueron dos años movidos, en pleno burbujeo del ‘aguirrismo’, cuando la lideresa conspiraba para descabalgar a Rajoy tras su derrota electoral. Pero el entonces líder de la oposición, que hizo carrera a base de ser un buen estratega, supo ver la oportunidad: necesitaba poner el foco en Castilla-La Mancha, un granero electoral socialista de toda la vida, para expandir el éxito ‘popular’ en Madrid.

Así, colocó a Cospedal como líder del partido en la región e, infraestructuras mediante, dio pie al éxodo de miles de madrileños a un montón de nuevas viviendas edificadas en la muy cercana provincia de Guadalajara, a donde en paralelo también empezaron a llegar las emisiones ‘amigas’ de Telemadrid. Era la época de la expropiación de terrenos para la línea del AVE que uniría la capital con Barcelona con un trazado un tanto caprichoso a su paso por la provincia. Según las denuncias de la época, todo aquello benefició a familiares directos de Esperanza Aguirre, que poseían algunos de los terrenos afectados por el paso de las vías. La zona, con todo, se convirtió en una especie de ‘comarca dormitorio’ de madrileños que optaban a comprar una vivienda de mejores prestaciones a un precio más bajo que el de la capital. Y todo a apenas un rato en tren de la estación de Atocha.

Dos años más tarde llegó su gran salto hacia la secretaria general del partido. Habían pasado tres meses desde las segundas elecciones generales perdidas por Rajoy frente a Zapatero y el líder necesitaba remodelar las estructuras del partido. Acabó de ‘purgar’ los reductos internos de aznarismo y creó su propio equipo. Madrid y Valencia seguían siendo los grandes bastiones electorales, pero necesitaba algo más si quería quemar su última bala. Ni siquiera un superviviente como Rajoy habría podido mantenerse en el cargo tras una tercera derrota.

Al presidente siempre le gustó rodearse de gente que hablara poco y trabajara mucho. Perfiles indiscretos y ocurrentes, como el de Aguirre, le repelían. Liderazgos incuestionables, como el de Aznar, le alteraban. Por eso cuando llegó el momento de poner a prueba los resultados del ‘plan Guadalajara’ dio una consigna a Cospedal, a la que convirtió también en su candidata para las autonómicas: recorrer pueblo a pueblo toda Castilla-La Mancha. Dicho y hecho: durante mese, su escudera paseó por centenares de pueblos para reunirse en ocasiones con apenas un puñado de vecinos. El ‘efecto Bono’, que enviaba a todos los alcaldes sus libros y luego les preguntaba para ver si lo habían leído, había sido poderoso en la zona. La gestión personalista era la única forma de conseguir la victoria, según pensaba el asesor Pedro Arriola. Y la consiguió.

Del perfil bajo a ‘futurible’

Para entonces su nombre ya empezaba a sonar como futurible, para cuando quiera que Rajoy fuera a dar un paso atrás. Había otros perfiles que le podían hacer sombra, como la entonces delegada del gobierno Cristina Cifuentes o la sempiterna Esperanza Aguirre. Su contrapoder, sin embargo, estaba claro: Soraya Sáenz de Santamaría, su ‘alter ego’ en el Gobierno, que gozaba también del favor del presidente. Una en el Gobierno, la otra en el partido, y así durante años.

El ‘marianismo’ fue relativamente plácido en los inicios, con un PSOE en demolición por su gestión de la crisis. El enorme poder logrado por el PP en ayuntamientos, autonomías y ambas cámaras le daba la capacidad de hacer y deshacer al antojo de Rajoy. Sáenz de Santamaría se convirtió en el epicentro del Ejecutivo, toda vez que el presidente no era amigo de dar la cara más de lo necesario. Era tal su poder que el consejo de ministros acabó dividiéndose entre sus partidarios y sus detractores, algunos de ellos amigos personales del presidente. Para él era poco menos que una riña generacional.

A Cospedal le costó lo suyo dar el salto al Ejecutivo. Lo consiguió algo más de un año después de perder la presidencia regional. El PP apenas había conseguido mantener el botín durante cuatro años, pero le sirvió para cosas como poner a prueba la reforma electoral que ansiaba Rajoy, reducción de diputados mediante, o como para forzar al PSOE a pactar con Podemos si querían recuperar el poder. A día de hoy Emiliano García-Page sigue siendo el único presidente socialista con un vicepresidente de Podemos.

Acabó viéndose en los tribunales contra Luis Bárcenas y aquí se marcó un punto de inflexión

La segunda parte del ‘marianismo’ fue mucho más convulsa, y ahí empezaron los problemas para la leal defensora del presidente. Los escándalos de corrupción se multiplicaron y Cospedal hizo lo que todo escudero político debe hacer: proteger al líder. Tanto es así que acabó viéndose en los tribunales contra Luis Bárcenas y poniendo la cara para recibir los golpes por aquel intento de explicación de un despido «en diferido y en forma de simulación». Ese fue su primer gran sacrificio público.

Su trayectoria quedó irremediablemente manchada desde entonces, por más que acabara recibiendo el premio de un ministerio. Si el escándalo hubiera sido contra el Gobierno le hubiera tocado dar la cara a Sáenz de Santamaría, pero lo de Bárcenas era una cuestión de partido. Era su negociado.

El segundo gran sacrificio fue, a la vez, una jugada de estrategia. Llegó justo al final del ‘marianismo’, el día en que prosperó la moción de censura contra Rajoy, asolado como estaba por la corrupción rampante. Ella fue la encargada transmitir un mensaje enviado desde el reservado en el que se encerró el presidente con sus fieles: desmentir los rumores acerca de una posible dimisión. Por lo que cuentan quienes vivieron aquellas horas en primera persona, todo había sido una operación del entorno de la vicepresidenta para tomar ventaja en la ya inevitable carrera sucesoria.

La inesperada caída de Rajoy lo precipitó todo. Estaba cantado que, tras la evasiva de Alberto Núñez Feijóo, la pelea entre las dos archienemigas estaba servida. Aguirre ya se había retirado de la contienda tres veces y Cifuentes había sido fagocitada por los escándalos de corrupción. Sólo quedaban ellas, además de un Pablo Casado asediado por las dudas sobre su máster y un José Manuel García-Margallo al que nadie esperaba y que parecía moverse por mera enemistad hacia la vicepresidenta. El PP acabaría viviendo una batalla a corazón abierto, que era justo lo que querían evitar. En realidad era un ‘todos contra Sáenz de Santamaría’ en el que lo importante era ver quién sería capaz de pasar a la segunda fase contra la ya exvicepresidenta.

Cospedal era la esperada. A fin de cuentas, había sido secretaria general del partido durante una década casi exacta, lo que se suponía que le daba cierto control orgánico. Sucede, sin embargo, que los partidos se mueven a veces por lógicas extrañas y el PP decidió que, de entre los tres opositores a Sáenz de Santamaría, fuera Casado el elegido. Era difícil de pronosticar cómo votaría un partido que jamás había votado. El resultado, visto con perspectiva, tiene su lógica: él, joven, liberal y telegénico, era un digno heredero de un Aznar largamente enfrentado a Rajoy. Cospedal, sin edad de ser considerada una veterana, había sido relegada precisamente por quienes le dieron carta de naturaleza política.

La derrota de Santamaría

La leal escudera pudo optar entonces por una retirada, pero decidió ayudar a quien le había derrotado. Sólo una cosa le motivaba ya entonces: impedir a su archienemiga triunfar donde ella había fracasado. Así las cosas, movilizó al aparato en torno a Casado y juntos derrotaron a Sáenz de Santamaría. De paso, aunque seguramente no lo esperaba, su contribución a la victoria le dejaba cerca del nuevo liderazgo, quién sabe sin con posibilidades de intentar tomar las riendas del partido en caso de necesidad en el futuro. Un servicio más al partido, uno más de una lista interminable.

La nueva esperanza apenas le ha durado unos meses. La filtración de documentos en los que se demuestra que intentó torpedear la investigación del caso Gürtel echando mano de las llamadas ‘cloacas del Estado’ le han obligado a retirarse. Al parecer, Mariano Rajoy estaba indignado por el hecho de que Cospedal maniobrase a sus espaldas y usando su nombre. Sin embargo, siendo que otros ministros recurrieron a tácticas similares contra el independentismo -el ministro Fernández Díaz- o contra Podemos -el ministro Montoro- cuesta creer que Moncloa no supiera de los movimientos de Cospedal. De ser eso cierto supondría que la dejaron a los pies de los leones como pago a los servicios prestados.

La política es propensa a crear figuras de talla exagerada. Igual que durante años se admiró el tino con el que Arriola guiaba las estrategias del Gobierno, también se ha visto la mano de la vicepresidenta en cada percance de sus rivales políticos. Hay quien dice que Núñez Feijóo no dio el paso precisamente por miedo a que nuevas fotografías como aquella con el narcotraficante vieran la luz. Y también hay quien ve su mano detrás de la oportuna filtración que ha tumbado a Cospedal. Sea como fuere, su caída ha dejado manos libres a Casado: ahora, liberado de la losa del máster, puede gestionar el partido sin hipotecas del pasado y sin deudas por los apoyos recibidos.

La guerra interna del PP ha acabado con la muerte política de las dos principales contendientes. Ni décadas de trabajo ni su sacrificio personal le valieron a Cospedal para alcanzar la victoria por la que tanto peleó. Ella, que puso la cara contra Bárcenas, que salió a defender a un presidente moribundo y que maniobró para impedir el impacto mortal del caso Gürtel, ha acabado sin ver cumplido su sueño de alcanzar el liderazgo. Un líder más joven que ella y con menos heridas de combate ha sido ordenado caballero. Y a estas alturas ya no necesita los servicios de la escudera de la casa.
 
 

FUENTE: ELECONOMISTA