“Las imágenes sorprendentes y los grandes gestos simbólicos crean el aura de poder”, escribe Robert Green. El aura rodea a algunos protagonistas de la historia. Es el campo electromagnético de los elegidos, invisible a simple vista, un halo ovalado que iluminaba a los héroes de la Biblia y que le llamaban resplandor: “la sabiduría del hombre ilumina su faz”. El aura no solo brilla en los políticos sino en personajes deslumbrantes que yo he conocido como Camilo José Cela, Lola Flores, el Cordobés o Paco Rabal. Le decía Fernando Rey a Rabal: “Es que tú, Paco, tienes aura erótica”. El aura iluminó incluso a algunos tiranos, dictadores y hombres de Estado, desde Julio César a los Kennedy. Sobre todo debió gozar de aura Fernando el Católico, ya que tanto Maquiavelo, como Gracián, el Maquiavelo con sotana de jesuita, lo suben a los altares de la luz resplandeciente en la época en la que los cardenales y los áulicos aconsejaban a los príncipes emplear, en interés del Estado, la mentira en el difícil arte de la política.

¿Gozan de carisma los cuatro ases –Pablo, Pedro, Pablo, Albert– de la política española? ¿La emplean en el debate diario? Parece que no, y es mejor así. El carisma ha provocado guerras y catástrofes y ha terminado a veces en campos de concentración. Nuestros cuatro muleros son guapos, jóvenes, telegénicos, saben darle a la larga, son líderes de carisma bajo, aunque no exentos de egocentrismo y demagogia con tendencia a utilizar chantajes en su discurso. Hay días que convierten el debate en un programa de Gran Hermano, en un lodazal, según la expresión de Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno insistió ayer en la sesión de control en que se está haciendo oposición a base de chantaje, ataques ad hominem, tirando a la cabeza y no a los argumentos. “Han formado una coalición para la crispación”. “Han roto la lealtad de la oposición en cuestiones de Estado”. Claro, que todo eso lo dijo después de dar la espantá al Senado para no tener que explicar las presuntas chapuzas de su tesis doctoral.

Les falta a nuestros barandas no sólo el resplandor del carisma sino el sentido de Estado. Alguno de ellos duda, incluso, que España sea una nación. Provocan bloqueos y adelantos electorales, diarias reprobaciones a ministros, parecen incapaces de llegar a consensos básicos cuando ha desaparecido la manta monocolor que tapaba al bipartidismo. Les falta mesura y les sobra tendencia al galleo y a la bronca. Como recordaba el propio Gracian unos son poco apasionados por su patria y otros demasiado fanáticos, y manejan la corrupción como una navaja para herirse recíprocamente.

 

 

FUENTE: ELMUNDO