La intriga se ha aireado. En pleno proceso interno del PP han trascendido en sus agrupaciones los detalles de la intentona que protagonizó la hoy candidata Soraya Sáenz de Santamaría para vender la cabeza de Mariano Rajoy a cambio de elevar la suya, percibido como una traición, Lo cuentan sottovoce algunos que lo vivieron en primera persona aquella tarde en que Rajoy y sus leales se retiraron a un restaurante mientras Pedro Sánchez remataba en el Congreso la moción de censura.

Y cuentan cómo esa ausencia fue aprovechada por la vicepresidenta para urdir una maniobra de presión sobre el todavía presidente y forzar su dimisión, antes de que la Cámara votara, dejándole a ella al frente del Gobierno. Cuentan también cómo se entregaron a la causa teléfono en mano personajes como Alfonso Alonso argumentando incluso que el PNV estaría dispuesto a aceptar la jugada en favor de Soraya.

Explican cómo la imagen del bolso de la vicepresidenta ocupando el escaño de Rajoy cobró en aquella tesitura un significado que disgustó a la presidenta de la Cámara.

Ana Pastor, de la máxima lealtad al entonces todavía jefe del Ejecutivo, entendió que algo estaban cociendo a sus espaldas. Fue María Dolores de Cospedal la que reventó el ardid; ella fue la que comprobó que la supuesta disposición de los nacionalistas vascos no era tal y la que salió ante los medios para desmentir que Mariano Rajoy fuera a dimitir.

Quiso hacerlo de forma categórica y personal porque ya no se fiaba de Martínez Maillo. Todo eso cuentan de la “ex vice” a la que atribuyen el manejo de dosieres de sus rivales (lo que habría contribuido generosamente a disuadir a Núñez Feijóo), y la utilización de información proporcionada por algunos resortes del aparato del Estado que aún conserva.

Esos modos explicarían actitudes como la de García Margallo cuya concurrencia al proceso solo la justifica su anti-sorayismo. Los métodos y el proceder de Sáenz de Santamaria causan temor a sus rivales que se esfuerzan en recordar a la militancia los tiempos en que la vicepresidenta escurría el bulto ante los casos de corrupción del PP, como si ella no perteneciera a partido alguno, mientras la secretaria general o el vicesecretario de Comunicación, con los que ahora compite, daban la cara y se comían los marrones.

De esas cosas se habla en las vísperas de una votación de resultado incierto dada la inexperiencia del PP en materia de democracia interna y el exiguo número de inscritos dispuestos a participar, cuando en Génova presumían de contar con casi un millón de militantes. No hay pronóstico fiable para la primera vuelta, si acaso uno más que probable para la segunda y solo en el hipotético caso de que Pablo Casado pasara el corte.

Si así fuera, las inquinas africanas entre los seguidores de Cospedal y Sáenz de Santamaría favorecerían el que los militantes que hubieran apostado por quien cayera en la primera vuelta se inclinaran por Casado en la segunda dándole la victoria con tal de que no saliera su detestada rival. Las traiciones tienen mala fama, solo Julio César admitía “amar la traición” aunque confesaba “odiar a los traidores”.

 

 

FUENTE: 20MINUTOS