ÁNGEL CASAS

 

El pasado domingo –6 de enero, festividad de los Reyes Magos–, avanzada la noche, más o menos cuando Manuel Valls perfeccionaba su estrategia de campaña llevándose de calle la atención mediática de la fiesta literaria del premio Nadal con una frase tan sencilla y coloquial como “mira que sois pesados”, yo me calzaba los auriculares y me daba un panzón de éxitos navideños de ayer, de hoy y de siempre, que se dice, a base de Sinatra, Bing Crosby, Andrews Sisters, Tony Benet, Diana Krall, Elvis Presley, Nat King Cole, Doris Day, Mariah Carey y José Feliciano, entre otros, al tiempo que contabilizaba y guardaba los comprobantes de la Visa, como haciendo balance del desolado paisaje después de la batalla navideña. En una ceremonia particular e íntima, estrafalaria si se quiere, masoquista si me apuran, les daba mi carpetazo personal a dos semanas agotadoras de paz, felicidad, desbordante alegría familiar, fraternidad generalizada, los mejores deseos para todo dios, luces deslumbrantes (excepto en las calles barcelonesas), opulencia, derroche y gula infinita. La maratón del exceso. La apoteosis del consumo. La consagración del amor universal, aunque duela.

Se apagan las luces, se retiran los abetos, se guardan los disfraces de Papá Noel, se desvisten y desmaquillan los Reyes Magos, se meten los buenos deseos donde nos quepan, comienzan las rebajas y las felices fiestas, dulce sueño para unos, pesadilla para otros, nos dan casi un año de respiro. Un año entero para poder hablar de Vox, que es lo que priva. Para poder reflexionar a fondo, por activa y por pasiva, se sea de los unos o de los otros, cómo esa pirueta cavernaria agazapada entre los pliegues de la derecha española se ha convertido en el epicentro mediático de la política del país, ante los aspavientos y las caras de sorpresa de opinólogos e informadores que, desde Madrid y de la noche a la mañana, parece que se han olvidado del peligro de Cataluña y sus golpistas y de la amenaza de Podemos y sus bolivarianos. Si hasta Farreras, el sumo y omnipresente pontífice de la Sexta, padece un ataque de amnesia respecto a la deriva independentista, hasta hace poco, causa de todos los quebrantos que asolaban la patria hispana. Es que hasta los despojos de Franco parece que no son noticia, con lo que daban de sí para empantanar la ley de la memoria histórica con la fundación del dictador, la familia del finado, el abad del Valle y el mismísimo Vaticano. Pero están todos empeñados en sorprenderse, como si se cayeran del guindo, ante el auge de Vox, en

especular sobre si pactarán o no con el PP y Ciudadanos en Andalucía, en reiterar la sorprendente (?) ascensión de la ultraderecha en España cuando eso nunca había ocurrido (dicen) y en diagnosticar, con un teatral espanto, el peligro inminente que se cierne sobre la democracia española y sobre la Constitución.

Estoy realmente sorprendido de tanta sorpresa, de tanto cinismo, de tanto aspaviento. ¿Es que no leen? ¿Es que no escuchan? ¿Es que no ven? ¿Es que se han negado a interpretar la discursiva de Aznar, el balbuceo de Casado, el odio de Rivera, el quehacer de la judicatura, los manifiestos cuarteleros en la reserva o el significativo y definitorio a por ellos oé?

Pues claro que pactarán. Y naturalmente que, con la ayuda de Dios –que la derecha eso sí que lo tiene– y el voto de la España de toda la vida, ese programa político de Vox que ahora se antoja imposible e inaplicable, retrógrado y mezquino, irá calando poquito a poco en la legislación a medio plazo. Un goteo medido y premeditado que cambiará la fisonomía política del país sin apenas darnos cuenta.

La izquierda siempre se la ha cogido con papel de fumar, mientras que la derecha, con o sin postureo, ha ido siempre directamente a lo suyo. Y PP, Ciudadanos y Vox, pueden jugar a poli bueno y poli malo según convenga, pero hay mucho que les une, aparte de los intereses clásicos de la derecha universal: España, su Corona y su bandera. Y ante tamaño fin, ante tamaña unidad de destino en lo universal, cualquier tipo de medios se justifican.

No es ningún secreto que el voto de la derecha española cuenta con un buen número de electores que se identifica con el fanatismo católico, el culto irracional a la tradición, el miedo a la diferencia, la concepción machista de la sociedad y ese patriotismo primario del falangismo que la dictadura inculcó durante cuarenta indestructibles años, cuyo poso pervive y se retroalimenta incluso en las generaciones que no lo vivieron.

Ese voto que ahora se especifica en Vox, ha estado en la urna siempre. Diluido en el PP o, más recientemente, también en Ciudadanos. El reblandecimiento de una izquierda derechizada y titubeante ha llevado a su votante a desertar de la urna, como ha ocurrido en la Andalucía de Susana Díaz. Quizás alguien tome buena nota ante la cascada electoral que se avecina. O quizá no.