PODER  JUDICIAL

 

Echamos de menos que el Consejo General del Poder Judicial no haya dado la cara explicando la crisis más inquietante. No me refiero, claro está, al fallo del tribunal de Justicia de Pamplona, polémico, discutible y emocional. Nos referimos a la situación lamentable de los profesionales del Derecho que ejercen en los Palacios de Justicia, en ciudades y pueblos, en una situación casi de desamparo y fuertemente presionados en infinidad de ocasiones por el caciquismo político que tan frecuentemente afecta  nuestra Comunidad Autónoma, echando sus redes en ríos revueltos.

 

La debilidad de este gobierno ha sido y es tan notoria que si no fuera por la Justicia de los LLARENAS y otros, España hubiera entrado en una fase terminal de autoridad. Pero ojo, este tremendo problema no ha saltado de Pamplona en donde unos energúmenos educados en la escuela de violencia creciente en España han cometido delitos abominables. No, viene de muy atrás. Ha ido creciendo y el estallido nos ha cogido desprevenidos. No trato de hacer una defensa analítica del mundo del derecho español, en el que hay de todo, bueno y malo, aunque honradamente creo que la balanza se inclina a favor.

 

En mi criterio, certero o no, pero bien intencionado, es que en este país nuestro las cosas se tratan de resolver cuando se produce un drama y los ciudadanos, encrespados, y las ciudadanas, piden responsabilidades y a veces milagros empujados por los demagogos y agitadores de masas, lo que me parece repugnante. Y lo comento, porque alguien me ha explicado, una autoridad en la materia del derecho, que los jueces se han ajustado, probablemente o con toda seguridad, a los artículos del Código Penal o la Ley de Enjuiciamiento Criminal tan anacrónicos como los de los países subdesarrollados. Apenas se han modernizado, sobre todo la Ley, solo ligeramente retocada, pero sin perjudicar el honorable trato a las tribus políticas, tan intocables en sus intereses. 

 

Los jueces y fiscales tropiezan contra una pared y sus fallos chirrían, incluso vertiginosamente, si sus decisiones se adecuan con rigor a la ley escrita, aunque traten de sortear ese muro impresentable que tanto daño nos hace, como también la excesiva permisividad garantista.

 

 

Las élites políticas, si de verdad están bien informadas y preparadas, han debido saber, conociendo de que pie cojea el Estado del Derecho, y  puesto remedios de urgencia. Ni Felipe, ni Aznar, ni Zapatero ni Rajoy han estado a la altura convenida, salvo cuando prometen tantos cuentos de la lechera en las campañas electorales, en una nación preñada de urnas.

 

Ahora le recordamos, en las calles calentadas previamente y en los medios metidos en una carrera de títulos castigadores, merecidos en este caso, que no han sabido cumplir con sus deberes. No solo las cúpulas políticas, sino desde dentro del mundo de la justicia, pero sabemos, conocemos, sospechamos o nos informan que organismos tan respetables como  inertes como el CONSEJO GENERAL DEL PODER JUDICIAL no han sabido tampoco inducir a los políticos de apaños aldeanos. No más allá, salvo a última hora en estos momentos delicados de tremenda incertidumbre.

 

Se amontonan, hacen declaraciones para sacar títulos mediáticos, la oposición llora de rabia y el Gobierno de turno se defiende afirmando, con dureza, que los culpables fueron los gobiernos de Franco. La derecha que si los rojos, los populistas que si los fachas y usted y yo pagando cuantiosos impuestos para alimentar a esta tropa de lenguaraces. Corren, se agitan, convocan comisiones, discuten, se llaman de todo y finalmente se apaga el rumor de la calle perpleja y sin ganas de más gaitas. La cosecha de votos es lo que importa. Tendremos Pamplona hasta los sanfermínes, cuya imagen internacional se ha desinflado, desgraciadamente. También en Cataluña que siguen en rebeldía y cobrando del Estado. Nosotros cuando seamos mayores, estudiaremos la carrera de concejal, diputado o ministro. Se lo recomendamos a nuestras hijas o nietas. Hija, tu déjate de bobadas y príncipes azules. Cásate con un concejal de Urbanismo o un alcalde apañao al uso y abuso.                     

 

 

 

EL ZORRO