«Las actitudes que algunos responsables públicos tienen y transmiten es lo que hace daño, no sólo a nuestra imagen, sino a nuestra conciencia como personas y al respeto y la solidaridad que nos debemos como seres humanos»

 

 

«Lo que me preocupa son las manifestaciones de la ministra de Trabajo», dice el consejero Luengo. Un diputado de Vox recorriendo los lugares donde se encuentran acogidos los migrantes que han llegado a nuestras costas, para señalarlos y acusarles. Actitudes y comportamientos indignos de responsables públicos.

Mientras también aquí alguien se lamenta por la imagen que se transmite de la ciudad, Cartagena, por la llegada de migrantes, miles de personas se juegan la vida en travesías que nos saben si llegarán a algún destino o son explotados en nuestros campos en condiciones que ninguno de nosotros seríamos capaces de soportar. Pero eso mejor ni se nombra, por si los influyentes lobbies se molestan.

Esas son las cuestiones que dañan nuestra reputación como Región o a Cartagena como ciudad. Las actitudes que algunos responsables públicos tienen y transmiten es lo que hace daño, no sólo a nuestra imagen, sino a nuestra conciencia como personas y al respeto y la solidaridad que nos debemos como seres humanos.

Me sublevo contra aquellos que utilizan el drama de los inmigrantes y no estoy dispuesta a permanecer en un silencio cómplice que alienta y permite que en nuestra Región se vaya instalando los mensajes de odio y rechazo a quienes vienen de fuera, ni siquiera con la excusa del covid-19.

Hace unos días murieron ahogados cincuenta migrantes al hundirse la patera con la intentaban llegar a Canarias y soy incapaz de borrar de mi mente la cara de las madres, padres, niños y bebés que he visto estos días en el Puerto de Cartagena.

A todos nos han llegado vídeos estos días que tratan de mostrar una imagen distorsionada de este drama humanitario. Déjenme que yo lo vea de otra manera. Veo a los padres y madres de un chico de 15 años (un mena) y su primo de 20 años, que se empeñan para el resto de su vida para que sus hijos se monten en una patera y atraviesen el mar para intentar tener un futuro mejor. Veo a una chica embarazada que decide que no quiere que su hijo nazca en la miseria o en el fanatismo de su lugar de origen y se monta en una patera para no condenar al sufrimiento al hijo que va a nacer. Veo a una familia entera, una madre, un padre y tres niños de 1,3 y 7 años que escapan de su tierra porque allí solo aspiran a tener miseria. Y todos ellos se enfrentan a una decisión que puede terminar en tragedia, como ha pasado en Canarias. O, en el mejor de los casos, les lleva a un país que les va a recibir con desprecio, miedo e incluso o incluso con odio.

Que frágil es nuestra memoria.

Españoles, cartageneros, algún dirigente histórico incluso de mi partido en Cartagena, que después de la guerra fueron acogidos en Argelia y que en los años 60 decidieron regresar de una manera no muy distinta a como llegan ahora a nuestra región. Un amigo, español y cartagenero, me contaba hace pocos días su travesía en el mediterráneo desde Orán hace 55 años, cuando tenía sólo 9, con toda su familia, en un barco alquilado, sorteando todas las calamidades y riesgos de todo tipo, para llegar sin nada a Cartagena y empezar a labrar su futuro.

Me revelo contra aquellos que se suman a campañas para salvar ballenas, animales maltratados o mil justas luchas, pero que luego vuelven la cara al sufrimiento humano y sólo son capaces de tener miedo al diferente o pensar que vienen a quitarnos lo que es nuestro.

Un trabajador nicaragüense ha muerto la pasada semana por las condiciones en que desarrollaba su trabajo en el campo de nuestra Región, pero nos preocupa que la ministra de Trabajo quiera inspeccionar las condiciones laborales. Los sindicatos anuncian que las patronales agrícolas plantean extender la jornada laboral de lunes a domingo y no subir ni un euro el salario de los migrantes que trabajan en el campo, pero ellos vienen a quitarnos lo que es nuestro. Las asociaciones de inmigrantes de nuestro campo denuncian la vulnerabilidad y explotación laboral que sufren, a las que se añade la marginación y el racismo en el acceso a la vivienda y a los servicios sociales, pero les apartamos y despreciamos.

La situación de nuestra Región y de Cartagena en relación con la llegada de inmigración irregular no es distinta a lo que está sucediendo en Canarias, en Málaga, en Almería, en Alicante e incluso en Albacete. A las costas de nuestro país llegan migrantes y en todos los lados se producen los mismos problemas, dificultades en las avalanchas, problemas en el control de los espacios de acogida, quebrantamiento de cuarentenas, huidas? Pero aquí en nuestra Región y en Cartagena algunos son incapaces de elevar la vista, nos encerramos sobre nuestra realidad como si fuéramos únicos y utilizan este drama humanitario exclusivamente con fines políticos.

Y mientras tanto trabajadores y voluntarios de entidades como Cruz Roja, CEPAIM, ACCEM o Murcia Acoge, entre otros, se esfuerzan cada día por vencer el desprecio, el miedo y el odio que anida en nuestra sociedad. Las lágrimas de voluntarios de Cruz Roja al verse increpados por ‘ejemplares ciudadanos’ cuando acogían a migrantes en cuarentena en los hogares que tenían para ello es un síntoma de la enfermedad que padece nuestra sociedad.

No, no hay diferencias en lo que pasa en nuestra Región y en Cartagena en relación a otros sitios de España. Sin embargo, lo que cambia de un sitio a otro es la actitud de las autoridades de cada una de las ciudades y Comunidades autónomas.

Y aquí, en nuestra Región, hay auténticos sembradores de odio y miedo. Indignos.

 

 

FUENTE: LAOPINIONDEMURCIA