FERNANDO LÓPEZ AGUDÍN

 

Como no son buenos tiempos para la lírica progresista, hay que saludar positivamente el acuerdo político de Sánchez con Iglesias sobre los Presupuestos. Pese a que existen tantas razones para afirmar que la botella presupuestaria está medio llena, como dicen los socialistas, o medio vacía, como sostienen los morados, es innegable que se ha dado un paso en la lucha contra la creciente desigualdad social que impregna hoy la sociedad española y que, sobre todo, se mantiene la unidad de acción de la izquierda como núcleo de la actual mayoría parlamentaria. Sánchez ha aceptado, como solicitaba Iglesias horas antes del pacto, “parte de la propuesta de Podemos”, aunque sea mucho menos de lo que esperaban los morados.

A la vista de que el viento de Angela Merkel ya se había cargado la política fiscal propuesta por Podemos, no le quedaba ninguna otra opción  que centrar la negociación en la política social, salvo que estuvieran  dispuestos a intentar saltarse el muro de Berlín, como ayer lo intentara Siryza con el coste dramático pagado por el pueblo griego. Iglesias, escarmentado en la cabeza ajena de su amigo Tsipras, ha optado por la realpolitik de la correlación de fuerzas, dado que la Europa del Sur negocia torpemente país por país con Alemania, en lugar de hacerlo colectivamente como lo hace toda la Europa del Este, desde el acuerdo de Visegrado. O sea, negociar todo aquello que es posible negociar.

Son bien evidentes, en el documento firmado por PSOE y Podemos, tanto la resta de Sánchez como la suma de Iglesias. Los socialistas descuentan aquellas medidas redistributivas que puedan afectar a las grandes fortunas, corporaciones o entidades financieras, a la banca, las eléctricas o multinacionales;  los morados suman la subida del salario mínimo, la atención a la dependencia y el control municipal de los precios de los alquileres en las grandes ciudades. Eso sí, entre tanta resta fiscal y suma social, no se percibe claramente cómo se va a financiar la multiplicación de los gastos sociales acordados por los negociadores, por mucho que los cálculos fiscales de la ministra de Hacienda recuerden las cuentas del Gran Capitán.

A veces, la lectura del texto que acompaña la presentación de los Presupuestos, trae a la memoria lo que Rousseau decía sobre las cartas de amor escritas por los enamorados: algo que se escribe con pleno afecto, con las mejores intenciones, pero que se empieza a hacerlo sin saber lo que se va a decir y se termina sin saber bien con certeza lo que se ha escrito. Quizás la mucha prisa con la que se ha redactado, apenas horas antes del Consejo de Ministros que había de aprobarlo para su envío a Bruselas el lunes próximo, explique algunas insuficiencias técnicas habidas tras el largo intercambio de epístolas de Pedro con Pablo. Aunque, parece claro, que sobre la marcha se irá comprobando si esta percepción se concreta o no.

Políticamente, es un éxito de Sánchez que gana en credibilidad para la izquierda, tanto como lo es de Iglesias, que conquista un aura de responsabilidad para el electorado. Dos imágenes beneficiosas para facilitar, después de las próximas elecciones generales, un gobierno de coalición entre PSOE y Podemos que consolidaría la acción de un gobierno progresista. Es una muy mala noticia para el viejo PSOE, que siempre ha cojeado y cojea aún por ese ansia de conseguir la gran coalición con la derecha (PP o Cs), y para todos los poderosos que anhelan colocar a Podemos en un espacio similar a la vieja Izquierda Unida. Este acuerdo Presupuestario, más allá de su contenido, es un importante avance de la unidad de la izquierda española.

El cabreo de la derecha, según decía August Bebel, es el mejor test para saber siempre si las fuerzas progresistas aciertan o no en sus decisiones políticas. Si es así, y así lo parece, Sánchez e Iglesias han acertado. La nada santa trinidad de la derecha (PP, Cs y Vox) observa con horror como la izquierda sabe encontrar un común denominador y por ello se reviste de Jeremías profetizando las siete plagas sobre la sociedad española. La posibilidad cierta, además, de que Esquerra pueda sumarse al acuerdo, les hunde en la depresión política por lo que pueda repercutir en la aceleración de la distensión de la cuestión catalana de cuya tensión se siguen alimentando. Dirigida con escasa inteligencia y ninguna dignidad, con más ambición que talento, la derecha se hunde hoy en ese revival neofranquista que predica Aznar a través de Casado, Rivera y Abascal.