XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

 

Después de la crítica que hice el jueves al discurso de Sánchez sobre la cuestión catalana, considero oportuno meter la réplica de Casado en la misma batidora, para destacar el error que subyace -a modo de bajo continuo- en la mayor parte de sus discursos. Se trata de un fallo que, aunque es herencia de sus antecesores, está mermando la eficacia de su discurso contra el procés, además de dar la falsa impresión de que esa inercia está arrastrando al líder del PP a una deriva derechista. Para ello debo empezar reconociendo que su discurso fue bueno en la forma y acertada en el fondo, porque dejó claro que el problema catalán está en su momento más grave, que la actividad institucional del Estado esta desordenada, y que la -otra vez- inevitable aplicación del artículo 155 solo se está retrasando porque la mayoría Frankenstein metió al PSOE en un callejón sin salida.

Lo que no se entiende es por qué Casado argumenta la excepcionalidad de Cataluña sobre la casuística actual del desorden público, en vez de hacerlo sobre la deriva sediciosa de las instituciones que generan y alimentan el peligro de disgregación de España. Los ciudadanos no pueden generar un conflicto inabordable para el Estado, pero la Generalitat sí. Y por eso podemos decir que los recientes disturbios causados por los CDR, y su consiguiente vulneración de los derechos cívicos, no tendrían más gravedad que las famosas algaradas de Cáceres en defensa de la movida nocturna, o la movilización del Gamonal burgalés en defensa del derecho a aparcar delante de su portal. La gravedad real no está en la algarada, sino en que ese desorden es una metástasis del tumor localizado en el Palau de Sant Jaume.

Los disturbios de París son más graves que los de Cataluña, sin que nadie considere que ponen en riesgo ni la democracia ni el Estado francés, aunque sí a Macron. Y ese diferencial se debe a que la potencia de los disturbios de Cataluña no se puede medir por el colapso de una autopista -yo estuve atascado varias veces en la AP-9 durante la última huelga del metal en Pontevedra-, o por las pintadas en la cancela a un juez, sino porque esos hechos testifican que el Estado se está autolesionando, con toda la fuerza de su poder, usando como brazo la Generalitat.

El error del discurso de Casado -compartido por Sánchez y por muchos expertos y analistas- está en que hace suponer que si cesan los disturbios y las agresiones ya ha cesado la actividad delictiva y sediciosa en Cataluña, en vez de sostener que el estado de sublevación de la Generalitat -por activa y por pasiva- es permanente, por lo que es ahí, y solo ahí, donde radica la flagrante ilegalidad del procés.

Y esa es también la única razón por la que hay que aplicar, amigo Casado, el 155: porque va de lleno contra el origen del desorden, porque no afecta a los ciudadanos, y porque es lo único que se necesite para que el procés deje de ser una rebelión para convertirse una manifestación del malestar ciudadano. Tal cual.