ÁNGEL MONTIEL

 

Frente al desmarque, absorción. Este es el horizonte al que pretenden dirigirse los populares respecto a Cs: dejarlos en las raspas, comérselos vivos. El desmarque es una política del aquí y ahora; la absorción es un proceso más delicado, y a medio plazo

 

Veníamos hablando de desmarque, la operación estratégica de Ciudadanos para, de una parte, obtener mayor poder decisorio en el Gobierno de coalición con el PP, más allá del que representan sus cuatro consejeros, y de otra, condicionar un nuevo reparto de competencias que amplíe su capacidad ejecutiva en áreas de iniciativa política legislativa, presupuestaria y de personal. Todo a cuenta de la llave, de la que disponen los naranjas, para abrir la posibilidad de que el actual líder popular, Fernando López Miras, pueda optar a una tercera oportunidad en la próxima legislatura mediante la reforma de la Ley del Presidente, dado que la Ley Garre (la sombra de Garre es alargada) limita a dos mandatos el ciclo presidencial. La delegada de Cs en Murcia, Ana Martínez Vidal, ha hecho ostensible esa nueva estrategia con ciertos gestos de teatralidad, y aunque se ha cuidado de mencionar la Ley del Presidente, es obvio que sus arranques de autoridad la contemplan implícitamente.

La última sobreactuación ha consistido en lanzar los tejos al PSOE para condicionar con él los próximos Presupuestos autonómicos, que paradójicamente son elaborados por el Gobierno al que pertenece Cs. A esto es a lo que hemos llamado desmarque.

COMÉRSELOS VIVOS.

Pero el PP también ha segregado su propia política ante esa operación. Frente al desmarque, absorción. Este es el horizonte al que pretenden dirigirse los populares respecto a Cs: dejarlos en las raspas, comérselos vivos. El desmarque es una política del aquí y ahora; la absorción es un proceso más delicado, y a medio plazo. Como es natural, tanto una como otra estrategia han sido diseñadas por los aparatos nacionales, y en Murcia simplemente se reproducen los ecos.

La posición del PP deriva del chasco que ha experimentado Inés Arrimadas en su negociación con el PSOE sobre los Presupuestos del Estado. Aunque ella ha querido vender su actitud como el intento de pasar la prueba del carbono 14 a los socialistas para hacerles optar entre el constitucionalismo de Cs o las concesiones a las fuerzas disolutivas de los nacionalismos de izquierdas en Cataluña y País Vasco (cosa que tal vez en Cs se podrían haber pensado antes, cuando sus diputados y los del PSOE sumaban mayoría absoluta), el PP intenta presentar ese fracaso como la patente de la irrelevancia de Cs. El viaje de ida de Arrimadas hacia la gobernabilidad se ha transformado en un viaje de vuelta al nicho de la derecha en que habitan PP y Vox, y esta vez de manera involuntaria, justo cuando querían alejarse de la plaza de Colón. El braceo de Cs para hacer percibir un discurso diferenciado del que con distintos matices mantienen Casado y Abascal ha quedado en pantomima, según el PP, y en Génova ven la ocasión de oxidar a Cs procurando su aislamiento y restándole oxígeno hasta asfixiarlo.

De entrada, ya parece inevitable la liquidación del proyecto España Suma, la tabla de salvamento de Cs en las Comunidades, todas, empezando por la de Murcia, en que las encuestas lo sitúan a la baja. En la próxima prueba electoral, Cataluña, cada partido irá por su lado, a diferencia de lo que ocurrió en el País Vasco, donde, por cierto, el experimento resultó un rotundo fracaso. No es solo que la coalición electoral Cataluña Suma primaría la representación de Cs de acuerdo a la actual composición parlamentaria y que haría desaparecer las siglas del PP en aquella Comunidad, sino que los populares aspiran a que un previsible batacazo de Cs después de haber sido la fuerza política triunfadora en las anteriores elecciones ejemplifique su fatal decadencia y arruine definitivamente los restos del partido que Rivera cedió a Arrimadas.

El propósito del PP a partir de ahora, según se propaga desde sus medios adictos, consiste en fagocitar a Cs, pero no ya mediante fórmulas de coalición electoral, sino integrando como militantes a los últimos restos del naufragio, dado que el electorado de la derecha, en el que ya indefectiblemente se situaría Cs, vería la utilidad del voto para desbancar del poder a los socialcomunistas, tal como han acuñado en su jerga la coalición gubernamental PSOE-Podemos.

 

 

LA LLAVE.

Esa es la estrategia nacional. Pero trasladada, por ejemplo, a la Región de Murcia, hay dificultades especiales, porque la dinámica en tiempo presente no permite reducir el poder de Cs, sino que por el contrario es éste el que se enseñorea por la disposición de la llave para cambiar la Ley del Presidente. No es posible darle menos, sino que hay que darle más. La virulencia de la pandemia juega en favor de Cs, ya que no es momento de ponerse a cambiar leyes institucionales cuando lo perentorio es atajar la crisis sanitaria.

Esto significa que Cs tiene carrete. Cuanto más se tarde en llevar a la Asamblea el proyecto de reforma de esa ley más espacio de presión sobre su socio tendrá Martínez Vidal; es obvio que el día que con su voto apruebe que López Miras podrá optar de nuevo a la presidencia se quedará sin armas para influir sobre él, de modo que le interesa seguir retrasando ese momento. Y esto a pesar de que el pacto de Gobierno entre PP y Cs contempla de manera expresa que la reforma de la ley en el sentido que favorece al actual líder popular constituye un compromiso firmado. Pero como tantas cosas que se firmaron en esos papeles, sobre todo las relativas a la transparencia y a la regeneración política, pueden quedar aplazadas e incluso ignoradas.

El papelón de la consejera de Transparencia, de Cs, está a la vista: ni un paso adelante, sino muchos atrás, en el compromiso fundacional del pacto. Un cero a la izquierda en cuanto a iniciativa legislativa y una absoluta opacidad sobre lo que gestiona, aparte de las competencias colaterales sobre Emergencias y otras marías. La consejera de Transparencia, que en su día, por sí misma, simbolizaba el valor añadido de Cs, es la personalidad más escondida del Gobierno, lo cual es muy indicativo de las renuncias continuadas del ‘partido regeneracionista’. Cabe suponer que esto no es responsabilidad de la propia consejera sino del papel secundario que se le asigna desde la dirección de Cs.

LA RENUNCIA.

Beatriz Ballesteros es una juez prestigiosa, y en consideración a su oficio, independiente, es decir, no dispone de carné del partido. Pero no se le nota. Otros altos cargos de Cs que no gozan del pretexto de la magistratura fueron fichados para la responsabilidad institucional remarcando su pertenencia a la sociedad civil, pero una vez metidos en el cesto fueron obligados a obtener el carné, como el consejero de Universidades y Empleo, Miguel Motas, o el presidente de la Asamblea Regional, Alberto Castillo. Primero nos vendieron que su independencia era garantía del enraizamiento de Cs con la sociedad, pero después los hicieron militantes, bien de manera forzosa como en el caso de Motas, bien por intuición de supervivencia en el de Castillo, que es como ‘el gen egoísta’, de Richard Dawkins, un microorganismo adaptable en cualquier circunstancia. Tan adaptable, que es capaz de renunciar, como Segunda Autoridad de la Región, a recibir al Rey en una de sus visitas a Murcia porque el partido le encarga que a esa hora es prioritario ir a hacer de testigo en un juicio privado en el que alguien se identifica caprichosamente como Ana Ozores en la novela de Clarín. ¿Qué tenemos que aplaudir, que Cs fiche a independientes o que, una vez fichados pasen a ser militantes de Cs?

ATRAPADOS.

El PP murciano está atrapado por sus circunstancias para iniciar la estrategia de la absorción dictaminada por la Teologarcía (la teología de Teodoro García) de la política de la absorción. No es ya que gracias a que a cuenta del famoso ‘puto punto número cinco’ del pacto de Gobierno con Cs el PP ofreciera a este partido una representación muy superior a la que daban opción sus seis diputados por obra y gracia del indescriptible Fran Hervías, sino porque lo pactado entonces ha de ser repactado ahora, y Cs quiere más sin siquiera activar el núcleo duro de lo pactado, que es la política regeneracionista contenida en los primeros folios del acuerdo de Gobierno.

¿Cómo practicar en Murcia la estrategia de la absorción promulgada por el PP nacional si López Miras está condicionado por las exigencias de Cs para que éste se decida a cambiar la Ley del Presidente y, de momento, la tendencia es hacia la cesión?

Visto que el PP contraataca a Cs de manera tan visible como Cs se desmarca del PP, todo va a depender de lo que se huela Martínez Vidal acerca del futuro que los populares prefiguran para Arrimadas. La pregunta a que deberá responderse la vicepresidenta in péctore es: ¿prefiero ser la número dos de Murcia Suma en una lista con el PP o la número cuatro como militante (otra vez) del PP? No se dirá que no carece de opciones.