DIEGO MARÍN, UN MIRLO BLANCO, ALCALDE

 

Cuál es el  sentido de la vida, es la explicación o el interrogante, que intentamos los que buscamos profundizar en el comportamiento de las élites que influyen en las sociedades globales, como la política, la religión, el pensamiento, las empresas etc… etc…cuando se nos escapa de entre las manos ateridas-por la frialdad del Gran Hermano-las últimas esperanzas de alcanzar pacifica y ordenadamente un presente más humanizado y humanista, y un nebuloso futuro, que en la Historia de España, de muy tarde en tarde nos toca saborear.

 

En la Comunidad Autónoma de Murcia hemos tenido muy mala suerte, incluso votando en las urnas de una Democracia indefinida, desde que fuimos Reino, que no tuvo que perderse puesto que forma parte de nuestra Historia de siglos, y subimos a la carrera en el último vagón del tren autonómico pintado de “rojo Cartagena” que propuso una eminencia gris oriundo de Castilla la Vieja.

 

El valor de nuestras vidas no crece, tampoco la dirección colegiada que tanto influye en la ciudadanía y que en la finalidad del ser humano se dibuja como una línea roja que se ignora y es asaltada junto a los contenedores.Vivimos en la superficialidad y bajo el imperio de la imagocracia televisiva instrumentalizada que nos corta el vuelo de la lectura, cuando el hombre y la mujer, debemos tener conciencia y un autoconcepto suficientemente desarrollado como para exigir, querer y  encontrar un sentido trascendente, pero no milagroso, directamente si nos sumergimos en  la cultura del esfuerzo, un sentido a la propia vida en un mundo del que forma parte Murcia, ligado a la búsqueda de la felicidad posible y real, ni imaginativa ni abstracta, que se nos ofrece desde los círculos de las tribus políticas.

 

El problema con el que nos enfrentamos sin excesiva defensa es cultural, y sabemos a ciencia cierta que quienes nos han controlado, nos vigilan y utilizan, han logrado paralizarnos anestesiándonos con la práctica infalible de un relativismo y hedonismo que son situados en Estados paradisíacos, aunque los únicos paraísos hallados son los fiscales, para ricos salidos del capitalismo salvaje y la corrupción en estado puro. Y los construidos para el proletariado desengañado.

 

 

Somos una de las regiones más pobres y atrasadas de España y medio planeta, donde se lee menos, tenemos universidades que no figuran en las listas de las  doscientas mejores,  que el analfabetismo es una lacra estacionada y que el fracaso escolar es temible, sonrojante y doloroso cuyos efectos degradantes no encontramos en los titulares de los medios de Prensa. Todo ello a pesar de los esfuerzos de algunos tímidos colectivos públicos y privados, hombres y mujeres, empeñados en romper el cerco de un caciquismo crónico y bipolar  que nos impide levantar cabeza. No si es anécdota o categoría, pero el ejemplo más dañino lo tenemos reflejado en el castigo al que ha sido sometido durante lustros y últimas décadas  la joya del MAR MENOR. Totalmente imposible en una nación con un pueblo cultivado y civilizado.

 

De entre esos grupos humanos minoritarios, que se esfuerzan por elevar los niveles intelectuales y culturales, bases sólidas para vivir en una democracia del bienestar y el derecho libre y profesionalizado, en la región, en la capital, encontramos  diariamente a DIEGO MARÍN, uno de los grandes de los libreros españoles que ha organizado una fábrica para la ilustración, con editorial y departamento de distribución. Pero no solo dirigiendo desde un despacho rodeado de secretarias, sino manteniéndose con esfuerzo, tesón, vocación y hasta alegremente cuando ya ha saltado el listón de los sesenta años. Una vida a la sombra de la próxima Universidad y la visita de decenas de miles de estudiantes y lectores que acudimos a comprar y pedir consejos de un sabio murciano luchador. Le admiro también por especial humanidad en el trato directo.

 

Me dirijo al alcalde de Murcia, otro hombre que suele estar a la altura que necesitamos, Ballesta, catedrático, político desde la independencia y con futuro si sortea trampas chinas. Te digo alcalde que el Ayuntamiento tiene un debe con Diego Marín y somos muchos los murcianos que veríamos con sumo gusto que se la compensara simbólicamente. Hijo Predilecto, Medalla de Oro o una calle con su nombre de murciano ejemplar. Renuncio dirigirme a otras altas instancias, pero vale la pena que en el reino de Murcia empecemos a despertarnos de una siesta excesivamente larga y poco saludable.                                                         

 

 

 

JOSÉ JUAN CANO VERA