Evitar una epidemia es complicado, aunque deberíamos estar mucho más preparados ante una contingencia como esta. Hace años, en los países occidentales sí había equipamientos y planes adecuados para hacer frente a una pandemia, aunque en estos últimos años la mayoría de los recursos, militares y civiles, se han ido desmantelando. Las alarmas se dispararon en 2003 con el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS por sus siglas en inglés). Luego vino la gripe A (H1N1) para la que hubo una gran movilización de recursos que finalmente no se utilizaron y, finalmente, la crisis por el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS). La experiencia de la gripe A no ayudó. Contribuyó a la desmovilización de recursos. A diferencia de Occidente, Oriente sí que ha conservado mecanismos para afrontar una situación como la que vivimos. Eduard Rodríguez Farré (2020)

Infame campaña contra el gobierno. Un ejemplo: artículos poniendo el grito en el cielo porque Pablo Iglesias distingue entre pequeños arrendadores y fondos buitre a la hora de eximir del pago de los alquileres. ¡Libertad igual para los desiguales!, clama el “liberal” a quien John Locke y Adam Smith correrían a hostias por liberticida. Miguel Candel (2020)

La respuesta inicial ha sido aprovechar el confinamiento para reflexionar. Pero pasadas ya casi tres semanas es necesario arriesgarse desde la filosofía de “La doctrina del shock” y, contando con las recientes declaraciones de su autora sobre la pandemia, denunciar maniobras para sacar beneficios económicos, sociales y políticos de esta crisis. Basta seguir las informaciones que llegan desde la UE, o los posicionamientos de los diversos partidos nacionalistas en España (nacionalismo español incluido) para comprobar que, tras el discurso del entre todos, y el aplauso tan necesario como inútil de cada tarde, los poderes, por mínimos que sean, hacen cálculos para aprovechar el coronavirus

y consolidar su situación en el después de. Miguel Muñiz (2020)

En las grandes crisis la ciudadanía tiende a agruparse en torno a sus dirigentes políticos y a activar los sentimientos de solidaridad comunitaria. La crisis del coronavirus reúne los elementos de estas emergencias, esta vez de ámbito global. Para el independentismo catalán, en esta crisis se trata de impedir la activación de estos mecanismos de solidaridad humana, reforzar la frontera imaginaria entre la ciudadanía española y catalana y evitar a toda costa generar un sentimiento de comunidad afectiva con el resto de España. No es la primera vez que esto sucede en Cataluña. Los atentados de Barcelona y Cambrils, en agosto de 2017, en vísperas de que la Generalitat activase la vía unilateral a la secesión, fueron impúdicamente instrumentalizados. Así, la manifestación que debía expresar la unidad de la ciudadanía contra el terrorismo islamista se convirtió en lo contrario, en una escenificación de la división entre las autoridades españolas y catalanas y en una campaña a favor de la secesión con los Mossos d’Esquadra y el mayor Trapero –ahora denostado por los

independentistas– como símbolos de la eficacia del nuevo Estado. Antonio Santamaría (2020)

No es este el momento para analizar qué fueron los Pactos de la Moncloa. Son parte del imaginario social que legitimó durante años la transición política, norma fundante del Régimen del 78. ¿Qué significaría aquí y ahora, unos pactos programáticos entre el PP y el PSOE? Pura y simplemente un (re)cambio del modelo constitucional y social del país, la liquidación del ya debilitado Estado del bienestar y dejar el control de nuestra economía a los poderes que mandan en la UE. Es decir, iríamos a una colonización de España, al fin de su soberanía popular y a la derrota histórica de las clases trabajadoras. ¿Juicio excesivo? ¿Hipótesis catastrófica? No lo creo, ya lo hemos vivido y la crudeza del debate político lo anuncia. Es más, con una población confinada, con una esfera pública limitada y con un estado de necesidad que hace del miedo y de la inseguridad una doble piel, los peligros se incrementan mucho. El Palacio, el Estado profundo, la trama nunca cejan y están siempre ahí para conservar el poder, para incrementarlo y hacer de la crisis un instrumento para perpetuarse. No sería nada nuevo en nuestra historia. La oligarquía financiero-empresarial persevera e intenta imponerse siempre. Hay una cuestión que no se debe olvidar: la crisis de la casa de los Borbones. En la constitución material de nuestro país, la monarquía es una figura determinante y, como vemos cada día, inexpugnable. Es el centro aglutinador del bloque de poder y de las instituciones del Estado. Su crisis, en este contexto, enciende todas las alarmas.

Manolo Monereo (2020)

También los gobiernos autonómicos tienen derecho a discrepar con quien ahora ejerce el mando único en la lucha contra el coronavirus. Pero lo deben hacer desde la lealtad institucional y sin utilizar esta crisis para erosionar al Estado,

contrariamente a lo que persigue el Govern de Quim Torra, cuya incompetencia en el desastre de las residencias de mayores debería ser objeto de una investigación parlamentaria. No se trata, pues, de suprimir la crítica, las preguntas incómodas o la discrepancia, sino de censurar a los que buscan señalar culpables o, peor aún, atizar el odio como hace VOX con sus fotomontajes. En definitiva, no hay nada que permita situar el

enfrentamiento partidista o territorial por encima de la lucha de todos contra el coronavirus. Y tampoco es difícil intuir que eso es además lo que la ciudadanía en general demanda. Joaquim Coll (2020)

Definitivamente “Medicare for All” encaja con lo que he ido diciendo, ya que si no cuidamos de todos los sectores de la población no será posible controlar el virus. Los virus no saben de clases económicas, lo que no evita que sean las poblaciones más vulnerables y que más hacinadas viven las que más dificultades van a tener para contenerlo y las que más afectadas serán. Para defendernos de este virus y de cualquier otra amenaza que se pueda presentar precisamos solidaridad comunitaria. El cambio climático, la contaminación del aire, así como muchos otros asuntos también deben afrontarse desde una gobernanza global y no país a país.

Michele Barry (2020)

Uno de los principales efectos de la pandemia del covid-19 es sacar a la luz, como nunca antes, las atroces desigualdades en los países (España tiene a un 30% de su población en la pobreza o la miseria), algo que, en Latinoamérica, es sinónimo de muerte. Confinar a los pobres es condenarlos a la miseria y al hambre. No confinarlos, exponerlos a la pandemia. Cualquiera de las dos decisiones tiene consecuencias fatales para los países y esto es lo que explica las vacilaciones y dudas de los gobiernos. ¿Preservarlos de la pandemia para matarlos de hambre? Y luego, ¿de dónde se sacará el dinero para levantar unas economías ya de por sí precarias y altamente endeudadas, en un mundo, además, al que la pandemia habrá metido en recesión? Tal vez, quizás, ojalá esta tragedia haga abrir los ojos sobre las consecuencias fatales de mantener tan

oprobioso sistema económico y social. De esta y otras barbaridades se ocupa mi último libro, Malditos libertadores, pues de aquellos polvos vienen estos lodos. El futuro depende de nosotros. A nosotros, por tanto, nos toca ponerle fin al poder de quienes vienen sacrificando a sus pueblos desde que tomaron el poder con las independencias.

Augusto Zamora R. (2020)

Abro como creo que ustedes también harían, con dos cartas. La primera es del novelista, poeta, ensayista y activista Ricardo Rodríguez (5 de abril):

Hola, querido Salvador.

En primer lugar, debo pedirte disculpas por no haberte respondido en todo este tiempo. Lo cierto es que ni siquiera he tenido oportunidad de abrir el correo. El mismo día que me lo enviaste me hospitalizaron por un coronavirus que derivó en una neumonía que me ha atacado sobre todo al pulmón derecho.
Aparte de lo dura que ha sido la permanencia en el hospital (sólo de entrada tuve que pasar 20 horas en una silla de plástico con 40 de fiebre), he visto cosas que jamás hubiese imaginado que llegaría a ver y que tal vez más adelante pueda contar.

También es verdad que he sido testigo de la mayor muestra de humanidad y generosidad en los profesionales sanitarios. Enfermeras fabricándose con sus propias manos capuchas de protección que se sellaban con cinta americana para pasar a las habitaciones de los enfermos más contagiosos. Auxiliares que hacían turnos de 14 horas y te atendían con un cariño enorme y sonrientes. Y médicos, celadores, limpiadoras… Esa gente corriente que se convierten en héroes y derrochan generosidad por pura solidaridad, gente que por fuerza ha de haber en todas las profesiones, esa gente, querido Salvador, son nuestra única esperanza y es por ellos por los únicos que merece la pena la lucha.

El domingo de la pasada semana, cuando intentaban reanimar a mi lado a un hombre de 60 años que por desgracia al final perdieron, me telefoneó Piedad para decirme que mi madre acababa de morir, también por coronavirus.
Desde hace una semana, me recupero ya mucho mejor en casa siguiendo un tratamiento que autoricé a base de antirretrovirales que se usan contra el VIH y otro medicamento que creo se usa para la malaria o el paludismo o algo parecido. Y reconozco que, a pesar de los incordiantes efectos secundarios, a mí me ha dado muy buen resultado.

Lo que no puedo sacarme de la cabeza ni un segundo es la idea obsesionante y angustiosa de que mi madre murió sola. Ése es un túnel del que me costará mucho más tiempo ir saliendo.
Piedad, por otro lado y afortunadamente, está bien y yo cumplo con rigor las prescripciones de aislamiento para no contagiarla, porque ella además es asmática.

Hace tres días he logrado volver a leer, cosas que no tienen nada que ver con la actualidad porque todavía no soporto emocionalmente ver ni leer las noticias (una biografía de Marx, por ejemplo, de Francis Wheen, que dudo que tú desconozcas pero que te recomiendo si no es así).
En fin, éste es el luctuoso relato de estos días con el que ahora lamento castigarte. Espero que vosotros estéis bien y que más pronto que tarde podamos volver a vernos, darnos un abrazo y hablar de todo cuanto surja.

Una segunda carta es del profesor e investigador del CSIC, Eduard Rodríguez Farré (09.04):

Pues sí, Salvador, deberíamos hablar un día de la situación del Sistema de Salud en España. Habría que hablar largo y con criterio.

Y, entre otros aspectos, sugerir llevar a juicio por crímenes contra los derechos humanos (la salud lo es) al Sr. Boi Ruiz y a su presidente, el Sr. Mas, y a los sucesores de este último, Puigdemont, y el consejero de salud Comín, y a los actuales responsables, Torra i Pla -más conocido como ‘Joaquim carafàstic’- y la pseudoconsejera de Salud.

Item más: también al Sr. Lamela y a su presidenta, la Sra Esperanza Aguirre, a la actual presidenta Díaz Ayuso y… etc, etc. por haber degradado el Sistema de Salud español, en el ámbito de las autonomías -quienes tienen la total competencia-, a una situación de gran precariedad por la que han fallecido miles de personas por falta de equipamiento y de UCIs, y muchos miles de personas más no han podido tener la asistencia adecuada en la enfermedad epidémica Covid-19. Son responsables, además, de los más de 10.000 médicos y sanitarios infectados por falta de protección en su trabajo. Ah, y con la eliminación hace ya años de las reservas estratégicas civiles y militares para casos de pandemia o desastres, cual recomendado por la OMS. ¡Un auténtico desastre!

¡Ah! Y hay que analizar también el mito de la proximidad y la falsa creencia de que la gestión autonómica o cercana es siempre mejor. Parece que todo el mundo lo considera un axioma indiscutible pero nunca se ha demostrado… Sí, ya sé que es un camino peligroso, lleno de trampas, escarnios e insultos a falta de argumentos.

Seguimos. Cuídate.