Xabier Arzalluz, fallecido la semana pasada, ejerció en el PNV un liderazgo incontestable durante muchos años. Fue presidente de su ejecutiva nacional (el Euskadi Buru Batzar) de 1980 a 1984 y de 1987 a 2004. Resultó tan férreo su mandato que la organización quedó encarcelada en su discurso y estrategias. Se enfrentó, a costa de una escisión, al carismático lendakari Carlos Garaikoetxea (1986) y echó de la presidencia del Gobierno vasco, con cajas destempladas, a su sucesor, José Antonio Ardanza (1999). Combinaba episodios de pragmatismo con otros de radicalidad. Entre los primeros, se relata aquel clamoroso pacto con José María Aznar en 1996 cuando se retrató en la sede del PP. Entre los segundos, el llamado Pacto de Lizarra (1998) con todas las fuerzas nacionalistas y con ETA.

Las generaciones más jóvenes y realistas del PNV contemplaron con desolación cómo la intentona secesionista mal concebida y sin apoyo social, con la colaboración de la izquierda aberzale y liderada por el lendakari Juan José Ibarretxe, desequilibraba por completo al partido y lo desplazaba del centro de gravedad de la sociedad vasca. Arzalluz apoyaba la iniciativa que terminó por fracasar. Y en el 2004 los moderados decidieron dar la batalla. Lo hicieron en la asamblea general del partido y eligieron para sustituir al líder a Josu Jon Imaz, desechando la propuesta de los radicales que pujaban por Joseba Egibar.

Arzalluz contempló cómo no era capaz de situar a su prohijado al frente del partido y acosó al joven Imaz hasta el punto de que, en el 2007, el hoy consejero delegado de Repsol anunció que no se presentaría a la reelección. Sí lo hizo Iñigo Urkullu (2008) –afecto a las tesis templadas de su amigo Josu Jon Imaz– que ganó la partida, consumándose así la defenestración de Arzalluz y de su significación radical en el nacionalismo vasco ahora dirigido por Andoni Ortuzar y el lendakari, con criterios pragmáticos y cautelosos.

Al dictado de Waterloo

La defenestración, en la segunda acepción del diccionario, es la destitución o apartamiento contra su voluntad del titular de un cargo o de una responsabilidad. Es habitual en los partidos, especialmente de líderes que, poseídos por un acusado mesianismo y persuadidos de su carácter imprescindible, conducen a sus organizaciones al borde del abismo quebrando su funcionalidad política. El gran viraje del PNV tras Arzalluz ha granjeado al partido un margen de maniobra realmente extraordinario, solo comparable al que tuvo el catalán en los tiempos pasados en los que el catalanismo era la forma más inteligente y práctica de hacer país.

Ahora, el independentismo catalán está sometido al dictado de Carles Puigdemont. Desde su autoexilio en Waterloo intenta, con grandes posibilidades de conseguirlo, imponer una praxis maximalista sin espacio para la moderación pragmática que mantienen no pocos cuadros y parte de la militancia del PDECat, tras el fracaso de la Crida Nacional per la República, rechazada por ERC y la CUP y a la que oponen duras resistencias sectores importantes de los neoconvergentes.

No obstante, Puigdemont tiene todas las de ganar en la confección de las listas de la organización heredera de CDC si los moderados del PDECat no mantienen el pulso. Hacerlo significa no aceptar los ucases de Waterloo y procurar que en las candidaturas al 28-A aparezcan en posiciones de salida dirigentes independentistas que manejen las aspiraciones de una parte de los catalanes sin la extraordinaria torpeza, sin la radicalidad y sin el aventurerismo de Puigdemont y de su guardia pretoriana, parte de la cual se sienta en el banquillo del Tribunal Supremo.

Liderazgo amortizado

En su salón de plenos se ha contemplado, desde luego, la esterilidad del Gobierno de Mariano Rajoy en su gestión de la crisis catalana, pero también la ignorancia técnica y política y hasta el amateurismo de los impulsores de los hechos del otoño catalán del 2017. Al margen de las responsabilidades penales que pudieran derivarse de aquellos acontecimientos, la vista oral permite hacerse una composición de lugar sobre las capacidades políticas de Puigdemont y de la subsiguiente amortización de su liderazgo. Él pretende prolongarlo con la imposición de sus candidatos en las listas a los comicios generales para continuar una política de confrontación con el Estado, gobierne quien gobierne en España, y de ahondamiento en la crisis.

Los moderados, los Campuzano, los Xuclà, los Pascal, saben que ese camino conduce a la nada y están peleando por hacerse un espacio en ese abigarrado territorio de esencialismos y rotundidades. Se confunden, sin embargo, si creen que es posible la convivencia interna entre pragmáticos y extremistas, porque siempre serán estos últimos los que se impongan. En el PNV se produjo una larga reflexión sobre las posibilidades de convivencia y se llegó a la conclusión de que solo un vuelco –la defenestración del hiperlíder– garantizaba un espacio oxigenado para la política.

O los que desde el PDECat pretenden regresar a la gestión política llegan a esa misma conclusión –prescindir por completo de Puigdemont, relegándole a la representación de un relato sin hipérboles (el juicio en Madrid ya no las admite)–, o perderán la partida y el espacio neoconvergente quedará secuestrado por el expresidente de la Generalitat. En determinados momentos de la historia de los partidos no vale la transacción, sino la confrontación democrática interna. Y con todas sus consecuencias.
 
 

FUENTE: ELPERIODICO